Señor director:

Cuando miro nuestra sociedad, a veces violenta, destructiva, ahogada en intereses personales, rememoro la experiencia más dolorosa vivida en mis años de juventud. Eran las 20:30 del 15 de enero de 1944. Un sábado común, caluroso y tranquilo. De improviso, un ruido ensordecedor nos paralizó. Parecía que un tren pasaba bajo nuestros pies, cual si toneladas de rocas se rompieran amenazando destruir el suelo que pisábamos; en el mismo instante todo comenzó a moverse: frenético, descompensado acompañando al ruido hiriente, que quebraba la visión, impidiendo percibir la imagen conocida. A nuestro alrededor, todo se desintegraba. Luego, incertidumbre, desconcierto, terror. Procurábamos reubicarnos en el espacio – tiempo y aceptar la nueva realidad física y humana.

Ese fue el comienzo de la horrible pesadilla que se prolongaría en días sin sol, sin horizonte, sin refugio. Nubes de polvo oscurecieron la tarde, la noche se cerró sobre la desolación y la muerte, y trajo viento y lluvia. Nos esperaban largas horas de vigila. Después que todo pareció perdido, cuadrillas de hombres adultos y jóvenes marcharon al lugar del epicentro. Voluntarios de provincias vecinas removieron escombros, rescataron víctimas, transportaron heridos, amontonaron cadáveres, distribuyeron agua, alimentos, medicinas y evacuaron familias. Día tras día, sucios, cansados, mudos, ayudados por soldados junto con médicos y civiles, todo el país junto con países hermanos se movilizaron en nuestra ayuda. De todas partes, en distintas formas e idéntico propósito, el gobierno y pueblo argentino impulsó el resurgimiento de San Juan dando pruebas de fe y amor. Pese al dolor y a las dificultades, el ser humano es capaz de proezas increíbles cuando la adversidad pone a prueba su valor. Es preciso creer que el hombre siempre encontrará la fuerza para superar el infortunio, vencer lo negativo y derrotarlo porque tendrá el apoyo de sus hermanos y la grandeza del alma que el Creador le infunde.