
En aquel año de 1953, mi papá acomodaba el coche en el "bajo” de mi casa, que así le llamábamos al largo recorrido por el que se accedía al garaje. Entonces se escuchó la voz de mi abuelo Francisco, su padre. "Rogelio, deja prendida la luz del auto, que aquí estamos sin luz”. Mi padre se bajó sin hacerle caso al viejo. Cuando entró, dijo a modo de explicación, "¿no ve que me voy a quedar sin batería papá?”. Exactamente, en esos tiempos a los padres se los trataba de usted, lo que no significa que era mejor que ahora, solo que eran otros tiempos. En casa, para las ocasiones en que se cortaba el servicio, teníamos un arsenal de velas, una lámpara de kerosene, a mecha, y otra, más sofisticada, a kerosene también pero que mediante cierto proceso se convertía en gas, y había que bombear para que una especie de malla o bujía, fuera agrandando su luminosidad. Hoy, son objetos de los coleccionistas de antigüedades. La cosa se ponía difícil, en días de verano, porque no podíamos encender el ventilador, único medio refrigerante. En aquellas siestas de calor abrazante, encontramos un modo de descansar algo más fresco, durmiendo sobre el mosaico, siempre frío, siempre limpio. Por las noches, no había otra que sacar los colchones al fondo y pernoctar bajo las parras. Eso era especialmente atractivo para nosotros. De estas cosas me estuve acordando días atrás, cuando una sucesión de cortes de luz nos mantuvo conectados a los de mi barrio, en nuestro grupo de whatsapp. "¿A usted vecino se le cortó la luz?”, "si hace unos minutos”, "a mí también -dice otro- y dicen que es un corte general”. De pronto, sin luz, sin aire acondicionado, sin televisión, uno se da cuenta, impotente, de su vulnerabilidad. ¿Cómo pueden seguir pasando estas cosas, en pleno siglo 21, sobre todo con lo caro que cobran el servicio?, es el comentario general que se escucha. Por ahí sirve la linterna del celular o la clásica y siempre vigente vela. Vieja y peluda nomás. El que puede, luz de emergencia, pero uno se ve impotente frente al confort perdido, padeciendo la misma sensación de despojo que cuando un ladrón te roba. En mi caso, retrocedo más de 60 años y me sitúa en aquellos tiempos de la lámpara a kerosene. Como en las zonas rurales. Entonces, los adelantos se esfuman por el callejón de las cosas perdidas, y te dejan desnudo, impávido, menesteroso. Azota lo mismo al que tiene más, como al que tiene menos. Un modo de igualar para abajo, que a varios seduce. En esa carencia, se anulan las desigualdades, porque todos somos náufragos de una misma realidad. Pasajeros del mismo barco que se va de pique, al fondo del mar. Sin luz, todos parecemos iguales, pero en la promiscuidad de una desgracia unánime. No te digo nada si estamos viendo un partido de fútbol. El insulto al unísono es tan grande, que se debe oír desde una galaxia lejana. El corte, es capaz de despertar una pasión violenta, tipo relatos salvajes. Así que para este verano pedimos, que por favor los de Energía se pongan las pilas, y asegúrense de no dejarnos sin electricidad. No debería ser un ruego, porque para eso pagamos un servicio como si fuera del primer mundo. Entonces digo, que nos den un servicio acorde. Como si estuviéramos en el primer mundo.
Por Orlando Navarro
Periodista
