La decisión de lanzar la bomba atómica sobre Japón se tomó después de varios meses de cavilaciones. Muchos científicos que habían trabajado en el proyecto firmaron peticiones solicitando que no se llevara a cabo. Liberaba una energía equivalente a 20.000 toneladas de TNT. Para muchos jefes militares la nueva bomba no planteaba más problemas de conciencia que una bomba de gran poder. Un científico sugirió hacer una demostración ante observadores extranjeros para incitar al gobierno japonés a que se rindiera. Pero, ¿y si la bomba fallaba? ¿Si los japoneses se negaban a enviar representantes a la demostración? ¿Si trasladaban a los prisioneros de guerra a las regiones claves y desafiaban a los norteamericanos a llevar a cabo su amenaza? También se corría el riesgo de perder la ventaja de la sorpresa. Obviamente se planteaba una cuestión que iba a perturbar la conciencia de toda la humanidad. Después de la guerra el presidente de los EEUU, Harry Truman, aceptó esta posibilidad con estas palabras: "…Yo consideraba la bomba como un arma y jamás he dudado un segundo en que debiera emplearse". El almirante William D. Leahy emitió este amargo juicio: "El empleo de esta arma bárbara tanto en Hiroshima como en Nagasaki, no nos fue de ninguna utilidad. El enemigo ya estaba derrotado".

 

En Hiroshima un monumento recuerda la historia de Saadako Sasaki, las niña víctima de la hecatombe nuclear.

 

 

¿Quién tenía razón? Muy pocos serán los hombres que habiendo conocido, como estos, la situación desde 1945 se crean autorizados a pronunciar un juicio definitivo. Si el aspecto moral de esta decisión sigue siendo discutible, no lo son sus efectos en el terreno estrictamente militar.

El día fatídico había llegado. A las 8 horas 15′ y 17” el avión (Enola Gay) abrió su compuerta: se había desprendido la bomba atómica (Little Boy) de 4.435 kg, 4,25 metros de largo y 1,50 metros de diámetro. A la vista fue una gigantesca bola de fuego que se elevó a 6.500 metros de altura. La onda expansiva fue equivalente a un viento de 800 kilómetros por hora. Lo que pasó después todos lo sabemos.

En Japón mientras tanto, una niña se debatía entre la vida y la muerte: se llamaba Saadako Sasaki y tenía 14 años. "Si logro fabricar con mis manos 1.000 alas de papel blanco -decía a sus compañeras- no moriré". Sin embargo su vida se extinguió antes que las 1.000 alas emprendieran su vuelo. Hoy, en Hiroshima un monumento recuerda la historia de esa niña. Y las niñas de las escuelas, en cada aniversario construyen frágiles alas de papel blanco que son enviadas a la gran mayoría de los gobernantes del mundo (según datos confirmados hasta la fecha). Saadako Sasaki vive aún en cada una de las alas de papel blanco, y cada una de esas alitas es una esperanza; una esperanza que en un puntito del Globo terráqueo llamado San Juan, es también un recuerdo de tan triste acontecimiento.

 

Por Carlos Buscemi    Escritor