
El doctor Jorge Quiroga, médico de nariz, garganta y oído, escarbaba con un instrumento muy fino ("el más fino que tenga” le había pedido a la secretaria) mis orejas. Las tenía tapadas. No hice caso a las recomendaciones de evitar los "cotonetes”, y sin querer empujé la cera acumulada hacia un conducto interior, que me dejó medio sordo. Jorge, amigo de la infancia e hijo de don Napoleón, un ícono de la antigua Esquina Colorada, ya está retirado. Pero siempre se hace un lugar para atender a sus viejos vecinos y, es porfiado en no querer cobrarnos. Pero no es por esta predisposición solidaria que lo queremos a Jorge. En alguna oportunidad me referí a la farmacia de sus padres, que se llamaba "Botiquín San Miguel”, que estando en la misma esquina, en el viejo cruce de San Miguel y Cereceto, es una referencia obligada de nuestro lugar de nacimiento. Y qué decir lo que fue don Napoleón para todos nosotros, nuestros padres y todo el vecindario circundante. Era como un oráculo que daba no solo con el remedio justo sino también con el consejo adecuado para solucionar reyertas de familia o entre vecinos. O sea que la confianza casi paternal que dispensaba don Napoleón, se trasladó a Jorge y en él tenía puesta mi fe el día aquél en que acudí a él por mis oídos.
"Esto está difícil che, me dijo. El tapón no lo puedo sacar de ninguna manera, así que vamos a hacer un lavaje. Molesta un poquito”. A renglón seguido, con el instrumental apropiado, descargó sendos chorros de agua u otro líquido, sobre cada una de mis orejas. El burbujeo potente me causó una agradable sensación de limpieza profunda. Hecho lo cual me mostró el resultado de su trabajo. Sobre una fuente y en forma de varias pelotitas, se esparcían derrotadas las culpables de mis problemas de audición. "¿Qué tal?” me preguntó al oído, con una voz que me pareció multiplicada en sus decibeles. Estaba oyendo con una claridad y sonoridad absolutas, y eso produjo una gran alegría en mí. Incluso mi propia voz la escuché más límpida, y no supe como agradecérselo. El alivio fue notable y me puse a pensar, después, en esas imaginarias pelotitas de cera que a veces nos nublan los pensamientos, porque están incrustadas en la cabeza, con una firmeza que no nos dejan actuar naturalmente. Qué bueno sería que un fino bisturí o un chorro de agua, produjese el milagro de extraer esas pelotitas y se nos aclaren las ideas. Esas pelotitas que nosotros fuimos enquistando con el paso del tiempo, con pensamientos y conductas autodestructivas. Alguien dijo que la cabeza crea problemas, que la cabeza luego no sabe resolver. En un ejercicio de relajación mental que nos enseñaron hace tiempo, nos hacían cerrar los ojos y concentrarnos en que estábamos imaginariamente en cierto lugar. En un río de aguas mansas y cálidas, sobre el cual estábamos tendidos boca arriba, bañábamos nuestro cuerpo de la cabeza a los pies, y al seguir su marcha veíamos como nos liberaba, y se llevaba, todos nuestros lastres físicos y mentales. Terminado el ejercicio nos sentíamos verdaderamente relajados y aptos para entregar lo mejor de nosotros. Incluso para saltar de uno mismo y conectar fluidamente con los demás. Oír, ver, comprender, amar. Son virtudes del espíritu que necesitan un servicio de limpieza cada tanto, para ser ejercidas en plenitud. Así como el lavado de orejas aquél, de mi amigo Jorge, de resultado tan maravilloso.
Por Orlando Navarro
Periodista
Ilustración: Rodolfo Crubellier
