La primera vez que oí hablar del padre Carlos Barbero fue en la década de 1970. Un gran amigo había decidido ingresar al seminario "Domingo Sabio", en Córdoba. En esta decisión tuvo que ver el padre "Carlitos”, como lo solían llamar. Frecuentaba ir a Chimbas al hogar de este amigo (Manolo), y con un grupo de laicos ensayaban con una suerte de orquesta, cánticos sagrados y también música popular. Décadas más tarde, el destino me llevó al departamento San Martín. En ese momento era párroco el padre Víctor Hugo Gallardo, este último se consustanció con la cultura eclesial del cura salesiano. Me llamó la atención el incondicional cariño que la comunidad tenía por el padre Barbero. Al tiempo logré conocerlo. Ese día estaba con su madre, en una humilde casa sobre la calle Rawson, en San Martín. Llegué y me estaba esperando con unos sabrosos mates. Me habló mucho del Concilio Vaticano II, aquel que convocó Juan XXIII y continuó Paulo VI y también de Medellín. Él había implementado las Comunidades Eclesiales de Base, pequeñas instituciones cuyo objetivo era llevar la Palabra a la gente, sobre todo a los más sencillos. Le hablé de mi proyecto de tesis de maestría, que giraba en torno al tema de religiosidad popular. Me prestó unos libros que fueron pilares en mi tesina, y sin saberlo se convirtió prácticamente en mi director de tesis.
