Después del terremoto del 15 de enero de 1944, en donde murieron, según historiadores, más de diez mil personas, las autoridades sanitarias de la provincia como también de la nación, salieron a vacunar a los sobrevivientes. Desde niños hasta adultos mayores. Es que todos estaban expuestos a las pestes. Por la cantidad de muertos que permanecieron por muchos días bajo los escombros, se empezó a producir la fiebre tifoidea, una enfermedad que se trasmite a través del agua y alimentos contaminados, que suele ser mortal. Esta situación empezaba a producirse en San Juan, pues los cadáveres eran muchos. Por tal motivo, se cremaban a todos, no existía el velatorio, porque la salud de los sobrevivientes era lo primero. Por aquella época, la gente no tenía tanta conciencia, solo vivía el presente y no imaginaba el después, era atendible el dolor y el sentimiento cegaba las consecuencias. La vacuna "anti pestes” eran aceptadas con algo de desconfianza. Muchas personas esquivaban esta medida sanitaria obligatoria, sin pensar que lo único que se quería era prevenir y resguardar la salud de la comunidad. Costó, pero se logró vacunar a todos los sanjuaninos ante posibles pestes y de esa manera hacer que el virus no se propagar entre la población.
