
El cuidado de la luz era cosa seria, en aquellos tiempos de escasez. Nuestra madre administraba con sabiduría sus ingresos. Por la pensión de mi papá, y por el doble turno de ella como docente en la escuela nocturna Belgrano, en la esquina de Mendoza y San Luis, y en la Profesional de Mujeres, hoy EPET, que a funcionaba en la Entre Ríos al lado de la Central de Policía. "Cuando salga de la pieza, apague la luz m’hijo”, nos decía mi abuelo, que se puso al lado de mi madre para aliviarle la tarea que le daban sus cinco hijos. El tema del gasto en energía era importante. Para que alcanzara la plata, había que ahorrar. Encuentro muy bonitos estos versos de Alvaro Yunque: "Mamá, cuando sea grande, voy a hacer una escalera. Tan alta que llegue al cielo, para ir a juntar estrellas. Me llenaré los bolsillos de estrellas y de cometas, y bajaré a repartirlos a los chicos de la escuela. Pero a ti voy a traerte, mamita, la luna llena, para que alumbres la casa, sin gastar en luz eléctrica”. La luz, obsesión de un hogar humilde. Es posible que hoy, ese humilde, tenga mejor calidad de vida, porque la tecnología avanzó y tiene la posibilidad de un televisor, ventilador, tal vez aire acondicionado, freezer, plancha y demás, que antes no. Pero que le hacen estallar el presupuesto, aunque hasta hace unos años, le hicieron creer que era "poco menos que gratis. En mis tiempos, apenas sí había una heladera y la radio, como complementos del confort de la luz eléctrica. Pero antes de la heladera, que con mucho sacrificio pudo comprar mi madre a comienzos de la década de 1960, teníamos una heladerita a hielo, que era un mueble poco más pequeño que una mesita de luz. Tenía dos partes. Arriba, un espacio de lata, para colocar la barrita de hielo y abajo, unos pequeños estantes para la carne, la leche y la comida. La que sobraba y no se tiraba. Para calefacción, un brasero. La plancha, también, funcionaba a brasas. Para la escuela, en esos inviernos fríos de verdad, con la escarcha cristalizando el agua de las acequias, mi abuelo me preparaba un ladrillo caliente envuelto en papel de diario, que me calentaba los pies. Otros iban con un braserito, que no era más que una lata de aceite, con una ventanita por donde entraba el oxígeno que mantenía viva a las brasas. Y para refrescarnos, nada superaba el frescor del canal de la Cereceto. Nuestros veranos eran allí. Zambullirnos en el agua que rebasaba las orillas porque pusimos un tapón, o navegar en gomas de tractores o de camiones, que sabía prestarnos don Menín, que tenía gomería y era padre del "Cacho”, que se nos fuera inesperadamente hace poco. Otra solución para esos veranos de 40 grados sostenidos, era hacer la siesta acostados directamente sobre el mosaico de la habitación, siempre fresco, y por las noches echando los colchones en el fondo, bajo el parral y la luz de las estrellas. Escuchando la música que difundía el "Yuyo” Alvarez desde los altoparlantes del club Del Bono. Cero gasto energético, un frescor muy grato y un baño de emociones para mí al recordar. Tampoco gastábamos en nafta para movilizarnos, porque no teníamos auto. Mi padre en vida si lo tuvo y mi madre tuvo que venderlo cuando enfermó. Si mal no recuerdo, únicamente don Napoleón Quiroga y el doctor Alfredo Laciar, eran los únicos que tenían, aparte por supuesto del Carlitos Martínez y el padre de mi amigo Juan Salvalagio, que tenían sendos taxis. Así que a la escuela Matías Zavalla íbamos patacón por cuadra por la San Miguel, desde la Esquina Colorada hasta frente a la plaza de Desamparados. Otros iban a la Nacional 21, en la misma esquina, o a la Nacional 130, por la San Miguel al Sur, en los dominios de la Villa Flora. Y la pasábamos lo más bien, sin quejas, penas, ni olvidos. Estas vivencias mías, no tienen dueño. Son como poesías de la calle, no son de nadie y son de todos.
Orlando Navarro Periodista
Rodolfo Crubellier Ilustración
