Ha muerto Alain Delon y, a mi parecer, no es una muerte más. No puedo decir que, “bueno 88 años es ya una edad para morir”. No lo puedo decir porque ese terreno le corresponde al Creador, no a nosotros. El decide cuándo. Pero esta muerte, de alguien lejano, con quien no crucé jamás una palabra, ha provocado en mi el deseo de escribir. O de volver a escribir…

La muerte de Delon, descubro, si tiene que ver conmigo. De principio, es de mi época, o casi porque me lleva diez años, pero puedo decir que transitó la vida, por otros carriles, mucho más rimbombantes que el mío, pero de algún modo sé que compartimos un tiempo, fue un compañero de camino, cohabitamos esta bendita tierra.

Y pude ver de cerca, desde una butaca de mi cine de barrio, el Rivadavia, el magnetismo de ese actor que ocupaba todas las tapas de revista del mundo, se codeaba con las mujeres más bellas y conocidas del espectáculo, y era como que ponía a nuestro alcance, esa parte del mundo que nunca llegaría a conocer.

Pero lo que más intuyo me anima a provocar este ánimo de escribir, es que vuelvo a tomar conciencia que se nos está yendo ese mundo de las manos. Un símbolo de mi época, un nombre que es capaz de ponerle nombre a un trozo importante de este tiempo, que me tocó vivir a mí también. Alguien dijo, sabiamente, que la vida es como un caramelo que en un comienzo uno consume ávidamente, pero que cuando es consciente que es poco lo que le queda, detiene esa marcha y se dedica a saborearlo, sabiendo que pronto desaparecerá de su boca. Esta muerte, es de esas muertes. Las que nos hacen percibir que se está yendo una época y que, por lo tanto, hasta que Dios decida, debo saborearla en lo que queda con detenimiento, poniendo foco en eso que la hace tan rica. La familia, los amigos, los lugares por donde transité.
Dios te bendiga, Delon.

Por Orlando Navarro
DNI 7950452