Por Carlos Fara - Analista político
Argentina messiánica
Los seres humanos endiosamos a aquellos líderes en quienes queremos ver lo mejor de nosotros. En este caso se trata de humildad, disciplina, constancia, responsabilidad, genialidad y espíritu de equipo. Obvio que todos tenemos algo de eso, pero como colectivo social no siempre aprobamos esas 6 materias. Es más: transitamos de crisis en crisis precisamente porque no somos muy aplicados. Entonces, los logros de Messi (y Scaloni) -los concretos y los simbólicos- son también los nuestros. Porque de ilusión también se vive.
Si pudiésemos, lo haríamos presidente, rey eterno, emperador, cualquier cosa que nos quite la responsabilidad de practicar nosotros mismos -colectivamente al menos- las virtudes que atribuimos al endiosado. Ahí tenemos un modelo para imitar, pero no lo imitamos: solo queremos que tenga esos atributos por nosotros. Volvimos patente una parte del artículo 22 de la Constitución Nacional: "El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes…". Entonces, como creemos que él nos representa, le delegamos la tarea.
Esto es lo que hizo que (casi) tod@s, en esta parte del planeta, alabemos a quién creemos que somos, no importa de qué color político seamos, lo cual muestra que la transversalidad es posible (de García Cuerva al Javo). Solo necesitamos al ser humano síntesis de nuestros anhelos más profundos. En el fondo, somos mucho menos diferentes de lo que las identidades políticas transmiten. Como canta Abel Pintos, "somos tan distintos e iguales".
Después de tres párrafos, el lector/a de esta columna se preguntará qué diablos tiene que ver con el análisis político. Mi respuesta: todo. Por empezar, estos fenómenos sociales -la Scaloneta, el Mundial- hablan mucho más de nosotros que los estudios de opinión pública que hacemos. ¿Qué tipo de líder queremos? ¿Qué dirigente político parece tener los atributos del máximo goleador? Ahí empieza una de las claves: ¿realmente queremos como gobernante a un endiosado? ¿O somos conscientes de que una cosa es la alta competencia futbolística y otra cosa muy distinta gobernar un país con 45 millones de genios? Si la respuesta es la segunda opción, entonces somos más pragmáticos y realistas de lo que imaginamos. Pero claro, soñar con un ideal no cuesta nada.
A los dirigentes políticos les exigimos resultados -preferentemente de corto plazo- mientras que aplaudimos que Scaloni diga "si hoy se perdía (con Egipto), ¿cuál era el problema?". Tienen algo de razón los gobernantes que piden tiempo y tratan de administrar expectativas en función de las respectivas herencias recibidas. En la era de las redes sociales eso parece una quimera. Solo basta mirar a varios de nuestros vecinos para ver ejemplos de picadora de carne.
Bajando a la tierra y abandonando el mundo de los dioses, el gobierno sigue sin conseguir los votos para la reforma electoral. Como lo comentamos la semana pasada, al único que le conviene esa reforma es a Milei, por lo tanto, ¿por qué los aliados le van a hacer un favor? El otro siempre necesita tener problemas para obligarlo a negociar. Sobre todo, cuando además no resuelve ciertas efectivades conducentes: la transferencia no automática a provincias cayó en junio un 88 %.
Para seguir bajando el riesgo país, la administración libertaria está obligada a dar gestos contundentes que generen más optimismo en los mercados. Por eso plantea la reforma a la carta orgánica del Banco Central, el shutdown -al estilo americano- y el anuncio del programa financiero para este año y el próximo. El de 2026 lució creíble, pero no tanto el de 2027, basado en ciertas dosis de optimismo (pero después del triunfo ante Egipto, todo es posible), aunque no descartó del todo un regreso ¿con gloria? a Wall Street.
Para seguir bajando el riesgo país, la administración libertaria está obligada a dar gestos contundentes que generen más optimismo en los mercados. Por eso plantea la reforma a la carta orgánica del Banco Central, el shutdown -al estilo americano- y el anuncio del programa financiero para este año y el próximo .
Lo cierto es que, habiéndose sacado a "Alhorni" de encima, la agenda de discusión cambió. A esos tres ítems mencionados en el párrafo anterior y la reforma electoral, Toto está tratando de reactivar la construcción con la plata de la Anses (todos los gobiernos se tientan…). Al menos esta semana tuvo la buena nueva del crecimiento de la construcción, aunque sigue la malaria en la industria (el peso específico en el PBI de esta última es por lo menos el doble que el de la construcción).
Hubo tres hits esta semana para prestarle atención. El primero es el permanente conflicto entre el cristinismo y Kicillof. Esto va para largo, salvo que alguna de las partes haga una movida genial y pueda cantar "jaque". El gobernador lleva 33 meses desde que dijo que hacía falta una nueva canción, pero su banda aun no la termina de componer (y cantar en público). A medida que pasa el tiempo, sus aliados van perdiendo interés en su proyecto presidencial y, a la larga, negociarán su futuro al mejor postor, sea él, Cris o Sergio Tomás Copperfied. Nadie sigue apostando si las encuestas no entusiasman.
El segundo hit fue la aparición de "Vichacruel" en el acto de Tucumán. Viene ensayando un discurso que podría calificarse de nacionalista – conservador – popular: alude a la nacionalidad, los valores aspiracionales de la Argentina histórica y la defensa de la industria. Puede sonar un poco vintage, pero algún cauce puede tener, sobre todo si se vuelca para gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Es muy temprano, pero hay un lote de desencantados consolidado.
El tercer hit es la decisión libertaria de apostar al low cost. La prueba la tuvo la segunda licitación que perdió Techint en la construcción de un gasoducto. El concepto es bajar el costo como sea, sin importar ninguna otra variable: ni la trayectoria, ni la relación previa con el Estado nacional, etc. ¿Está mal? Para nada. ¿Quién querría pagar caro algo que puede obtener más barato? Pero claro, las condiciones de competencia en el capitalismo global no igualan precisamente. Depende de qué tipo de país se quiera construir.
Si el progreso no drena, será más difícil incentivar a los 45 millones a ser humildes, disciplinados, constantes, responsables, con espíritu de equipo, y, sobre todo, geniales.