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REFLEXIONES

"Descubrimiento", dos formas de comprender lo sagrado

12 de octubre de 2026 - 04:00

Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora

Cada 12 de octubre nos invita a volver la mirada hacia uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia: el encuentro entre Europa y América. Durante mucho tiempo esta fecha fue recordada únicamente como el "Descubrimiento de América"; hoy, en cambio, también nos impulsa a reflexionar sobre el encuentro de culturas, lenguas, tradiciones y formas de comprender el mundo. Más allá de las interpretaciones históricas que este hecho suscita, existe un aspecto menos visible, pero profundamente significativo: el encuentro entre distintas maneras de vivir la fe.

Con frecuencia asociamos la fe exclusivamente con la religión organizada: los templos, las imágenes, las celebraciones litúrgicas o las oraciones. Sin embargo, la fe es mucho más que sus expresiones visibles. Claramente la fe, es un don gratuito de Dios que transforma la vida de quien lo recibe, por lo tanto la religión constituye la forma comunitaria de expresar esa fe, pero la necesidad de buscar lo trascendente ha acompañado al ser humano desde mucho antes de la llegada del cristianismo a estas tierras.

Los pueblos originarios que habitaban el actual territorio argentino, y también nuestra provincia de San Juan, poseían una profunda conciencia de lo sagrado. Su manera de entender el universo estaba íntimamente unida a la naturaleza. El sol, el agua, la montaña y los ciclos de la tierra no eran simples elementos del paisaje, sino manifestaciones de un orden superior que daba sentido a la existencia. No hablaban de "fe" con el lenguaje que hoy conocemos, pero sí vivían una espiritualidad que organizaba su vida cotidiana y fortalecía los vínculos con la comunidad y con la creación.

Cuando los españoles llegaron al continente en 1492 no solo desembarcaron nuevas formas de gobierno, de organización política o de comercio. También arribó el cristianismo con el propósito de anunciar el Evangelio. Ese encuentro no estuvo exento de conflictos, incomprensiones y episodios dolorosos; sin embargo, desde el punto de vista cultural también dio origen a nuevas maneras de expresar la fe que aún hoy forman parte de nuestra identidad.

El sol, el agua, la montaña y los ciclos de la tierra no eran simples elementos del paisaje, sino manifestaciones de un orden superior que daba sentido a la existencia. No hablaban de "fe" con el lenguaje que hoy conocemos, pero sí vivían una espiritualidad que organizaba su vida cotidiana y fortalecía los vínculos con la comunidad y con la creación. El sol, el agua, la montaña y los ciclos de la tierra no eran simples elementos del paisaje, sino manifestaciones de un orden superior que daba sentido a la existencia. No hablaban de "fe" con el lenguaje que hoy conocemos, pero sí vivían una espiritualidad que organizaba su vida cotidiana y fortalecía los vínculos con la comunidad y con la creación.

La evangelización comprendió que el anuncio del mensaje cristiano debía dialogar con los símbolos que ya habitaban el corazón de los pueblos americanos. No resulta casual que la custodia utilizada para exponer el Santísimo Sacramento adoptara una forma semejante a un sol radiante. Para la fe cristiana representa a Cristo, luz del mundo, pero esa imagen también encontraba un lenguaje comprensible para quienes reconocían en el sol una fuente de vida. Del mismo modo, surgieron recursos como las pictografías y los tan mencionados catecismos testerianos, elaborados con dibujos y símbolos para enseñar el Evangelio allí donde la lengua escrita todavía no podía cumplir esa función. La imagen se convirtió así en un verdadero puente entre dos culturas.

Con el paso del tiempo, ese diálogo dejó huellas profundas en la religiosidad popular. Muchas costumbres que hoy forman parte de la vida cotidiana nacieron de esa síntesis entre la tradición cristiana y elementos culturales heredados de los pueblos originarios. En San Juan no resulta extraño encontrar expresiones donde la devoción convive con prácticas populares que algunos identifican como "creencias de la gente". Detrás de ellas suele existir una antigua necesidad humana que no excluye a nadie, la búsqueda de protección, el agradecimiento, la necesidad de pedir ayuda o el deseo de expresar esperanza frente a las incertidumbres de la vida.

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que nos deja replantearnos un hecho tan trascedente e histórico como el 12 de octubre. La fe, por ende no es una realidad estática ni una simple repetición de ritos. Es una experiencia viva que, sin perder su esencia, encuentra nuevas formas de expresarse en cada pueblo y en cada época. La historia demuestra que las culturas pueden cambiar, los lenguajes pueden transformarse y las costumbres pueden mezclarse, pero el deseo de trascendencia permanece como una constante de la condición humana.

Podemos decir entonces, que la historia de América no solo fue el encuentro de dos continentes. También fue el encuentro de dos formas de mirar el cielo, de comprender lo sagrado y de expresar el respeto por lo divino. De ese diálogo, con sus luces y sus sombras, nació buena parte de la identidad espiritual que todavía hoy acompaña nuestros gestos cotidianos. Porque creer, al fin y al cabo, es vivir sabiendo que hay alguien mucho más grande que nos acompaña a cada instante, al que llamamos; Dios.

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