Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá -Escritora
El arte de seguir escribiendo a mano alzada
Escribir a mano no es necesariamente una expresión artística como la pintura o la caligrafía artística, pero sí puede entenderse como un arte cotidiano y personal, ya que la forma de las letras y la manera particular en que cada uno de nosotros, deja su huella sobre el papel. El punto es que casi sin darnos cuenta, el teclado se ha convertido en un visitante permanente de nuestra vida. Las teclas están allí, disponibles, rápidas, ordenadas y eficientes. Permiten escribir, borrar, corregir, copiar y volver a comenzar en cuestión de segundos.
Durante estas semanas, las actividades literarias me han llevado a compartir distintos espacios con personas vinculadas al mundo de las letras, las artes y la cultura. Ferias, presentaciones, encuentros y reuniones han permitido descubrir la diversidad de quienes encuentran en la palabra una manera de expresarse. Entre tantas experiencias, hay una imagen que vuelve una y otra vez a mi mente: seguir escribiendo, pero a mano.
Puede parecer una acción sencilla. Pero escribir a mano tiene algo especial, existe el contacto de la lapicera con el papel, el sonido casi imperceptible del trazo, la pausa necesaria para pensar una palabra y ese movimiento particular de la mano que va dejando sobre la hoja aquello que primero pasó por la mente y, muchas veces, también por el corazón.
La letra manuscrita tiene una singularidad que ningún teclado puede reproducir completamente. Podemos reconocer a alguien por su firma, pero también por una palabra, por una dedicatoria o incluso por una pequeña anotación hecha al margen de una hoja. Hay letras grandes o pequeñas, inclinadas o rectas, prolijas o apresuradas. Algunas parecen avanzar con seguridad; otras dejan ver las dudas, las correcciones y las pausas de quien escribe. En cada trazo hay una historia personal. Cuando vemos algo escrito a mano, muchas veces sabemos de quién es antes de leer el nombre. Reconocemos esa letra porque, de alguna manera, también reconocemos a la persona.
Tal vez por eso, cuando alguien nos deja una pequeña nota escrita a mano, algo en nosotros se conmueve, aun sin saber exactamente por qué. No solo importa lo que dice, sino también cómo está escrito. Basta pensar en aquellas cartas que alguna vez llegaron de alguien querido: las palabras que permanecen después de tantos años y, sobre todo, esa letra que perteneció a alguien que se tomó el tiempo de toma una lapicera entre sus manos para escribirnos. Leerla, incluso mucho tiempo después, puede despertar una cercanía difícil de explicar, porque en cada trazo parece regresar algo de aquella persona, como si su presencia hubiera quedado guardada entre las palabras. En tiempos donde gran parte de nuestras comunicaciones transcurre mediante pantallas, escribir a mano adquiere casi el valor de una pequeña resistencia cultural. No se trata de rechazar la tecnología ni de desconocer sus beneficios. El teclado ha transformado nuestras formas de comunicarnos y ha facilitado enormemente la producción y circulación de textos. Pero quizá justamente por eso necesitamos conservar aquellos que nos recuerdan que escribir no consiste solamente en ordenar palabras. Sino más bien, la belleza de escribir a mano: no todo tiene que ser perfecto, la imperfección del trazo también cuenta. Una letra apresurada puede hablar de un momento de entusiasmo; una palabra tachada puede recordar una duda; una página llena de correcciones puede revelar el esfuerzo detrás de una idea. El papel conserva incluso aquello que quisimos borrar. Y eso también tiene un valor: nos recuerda que escribir es un proceso, no solamente un resultado.
Para quienes transitamos el mundo de las letras, esta experiencia adquiere un significado todavía más profundo. El escritor trabaja con palabras, pero también con recuerdos, emociones, imágenes y experiencias. A veces una idea aparece de manera inesperada y la primera necesidad no es abrir una computadora, sino encontrar una hoja y escribirla antes de que desaparezca. Allí, en ese primer trazo, puede comenzar un artículo, un poema, una investigación o simplemente una frase que algún día encontrará su lugar. Seguir escribiendo a mano es, de alguna manera, seguir conversando con nosotros mismos. Mientras las pantallas nos ofrecen velocidad, la hoja nos ofrece tiempo. Mientras el teclado uniforma las letras, la escritura manuscrita nos devuelve nuestra singularidad. Mientras un archivo digital puede ser modificado infinitamente, el papel conserva las huellas del momento en que fue escrito.
Por eso, cuando una persona toma una lapicera y comienza a escribir, esta dejando una parte de sí sobre una superficie que puede sobrevivir al instante, y quizás encuentre el verdadero desafío de este tiempo: seguir escribiendo a mano no porque no podamos hacerlo de otra manera, sino porque necesitamos tener presente que, antes de ser texto, la palabra también fue un gesto humano.
Y usted ¿cómo prefiere seguir escribiendo?