Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura
El aula: un terreno cada vez más hostil
El reciente caso de agresión por parte de un estudiante a un profesor en Tandil duele y alarma, porque es aberrante y porque, además, no es un hecho puntual, aislado, ajeno a lo que sucede en otras escuelas, en otras aulas, en distintas comunidades a lo largo y ancho de nuestro hermoso país. Los conflictos se manifiestan en la escuela, pero sería un error pensar que nacen allí. Violencia social, fragilidad de vínculos, hiperexposición digital, debilitamiento de la autoridad de los adultos que acompañan el desarrollo de niños y adolescentes, falta de redes de cuidado son algunas de las causas que subyacen en la base y que debemos atrevernos a mirar, porque la única salida está en enfrentarlas entre todos.
El rol de la escuela
La primera reacción social frente a estos episodios suele oscilar entre dos extremos: pedir castigos ejemplares o explicar todo por el contexto. Ninguna de las dos respuestas alcanza porque, por un lado, la sanción puede ser necesaria, pero no reconstruye por sí sola las condiciones de convivencia, y por el otro, relacionar estos eventos con un contexto social, ayuda a comprender, pero no puede transformarse en una excusa que nos inmovilice. Porque algo hay que hacer. Necesitamos, tal vez, una posición más difícil y más adulta: comprender sin justificar, intervenir sin estigmatizar, cuidar sin dejar de poner límites.
En ese sentido, el reciente informe de la Sociedad Argentina de Pediatría, "Violencia escolar y salud: una mirada integral", ofrece una clave necesaria para salir de la lectura simplificadora. La SAP advierte que la violencia en niños, niñas y adolescentes se ubica siempre en una trama de determinantes sociales: pobreza, desigualdad, condiciones de vida, prácticas de crianza violentas, fragilidad de las redes de cuidado y persistencia de lógicas adultocéntricas, que se dan en todos los niveles sociales. La escuela, dice el informe, no es el origen de estas problemáticas, sino un espacio donde se expresan, se visibilizan y, potencialmente, pueden abordarse. Esta afirmación es central. Durante mucho tiempo se le pidió a la escuela que enseñara contenidos. Luego, que incluyera. Después, que contuviera. Más tarde, que detectara problemas de salud mental, acompañara trayectorias, mediara conflictos familiares, respondiera ante la violencia digital, garantizara alimentación, sostuviera vínculos y reparara desigualdades. La escuela aceptó, muchas veces, esa ampliación de funciones porque conoce de cerca la vida de sus estudiantes y porque la vocación docente se basa justamente en intentar intervenir para bien la vida de otros. Pero no siempre hay herramientas. La escuela no puede hacer esto sola.
Cuando un conflicto social ingresa al aula, el docente suele quedar en la primera línea. Es quien recibe la agresión, quien presencia el malestar, quien detecta señales, quien intenta frenar una escalada, quien sostiene al grupo después del episodio. Sin embargo, muchas veces se lo deja solo frente a problemas que exceden largamente su tarea pedagógica. Y allí aparece una paradoja cruel: se le exige autoridad, pero se debilitan las condiciones que hacen posible ejercerla.
Convivir con la violencia
La violencia escolar no puede separarse de lo que ocurre en los hogares, en las redes, en los grupos de pares y en los consumos digitales. La SAP advierte sobre la continuidad entre escuela, familia y entornos digitales, y señala la importancia de la detección temprana, la contención, la escucha y la intervención oportuna. Este punto debería interpelarnos especialmente como adultos. ¿Qué lugar estamos ocupando? ¿Estamos presentes o solo aparecemos cuando el conflicto ya estalló? ¿Estamos acompañando la vida digital de chicos y adolescentes o los dejamos solos en espacios donde circulan humillaciones, amenazas, desafíos, discursos de odio y formas de pertenencia cada vez más extremas? Y sobre todas las cosas, ¿qué acuerdos estamos celebrando para poder acompañar a las generaciones más jóvenes?
Acuerdos adultos, responsabilidad compartida
Repensar el rol de los adultos implica recuperar una responsabilidad compartida. Las familias no pueden mirar a la escuela como una institución encargada de resolver todo aquello que se desordena en la vida cotidiana. La escuela es un espacio privilegiado para construir comunidad.El desafío es reconstruir pactos de cuidado. Acuerdos concretos entre escuela y familia sobre convivencia, uso de celulares, participación en redes, límites, formas de comunicación, intervención ante amenazas, acompañamiento de situaciones de acoso y criterios compartidos frente a la violencia. Se trata de poner sobre la mesa el problema, conversar, escucharnos. Porque todos estamos sumergidos en un entorno de hostilidad. La violencia no se sostiene únicamente por quien golpea, por quien acosa o se burla; también se sostiene por los silencios, las risas, la indiferencia, la viralización y la pasividad del entorno.
Definitivamente el aula no debería ser un terreno hostil. No puede serlo. Todos deberíamos procurar que vuelva a ser ese refugio, ese espacio de oportunidad, de despertar sueños, donde se aprende a leer, a pensar, a convivir, a disentir, a esperar, a escuchar, a tramitar la frustración y a reconocer al otro como alguien que merece cuidado. Porque cuando el aula se vuelve un terreno hostil, no pierden solo los docentes o los estudiantes directamente involucrados sino toda la comunidad, que asiste pasivamente a la degradación de un espacio que nos ha enseñado a todos los que transitamos alguna vez por allí algo decisivo: que vivir con otros exige cuidado, responsabilidad y palabra compartida.