El vencimiento del plazo de 60 días establecido para alcanzar un acuerdo entre Estados Unidos e Irán volvió a colocar a Medio Oriente ante un escenario de incertidumbre que trasciende largamente las fronteras de la región. La falta de avances sustanciales en las negociaciones y la disminución del tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz constituyen una señal de alarma para una economía mundial que todavía enfrenta importantes factores de fragilidad.
El conflicto en el estrecho de Ormuz vuelve a ser una amenaza para la economía mundial
El entendimiento alcanzado en junio había generado expectativas de que la suspensión de las operaciones militares pudiera abrir una etapa de diálogo sobre el programa nuclear iraní y, al mismo tiempo, garantizar la reapertura de una de las principales rutas del comercio energético internacional. Sin embargo, el plazo expiró sin que las partes lograran superar sus diferencias fundamentales.
La situación resulta particularmente preocupante por lo que representa Ormuz. Antes de la guerra, por ese estrecho circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados en el mundo, con un movimiento que superaba los 130 buques diarios. Que durante un reciente fin de semana apenas cinco embarcaciones hayan atravesado la vía el sábado y ninguna lo hiciera el domingo revela hasta qué punto la tensión puede afectar una arteria vital del comercio mundial.
Los ataques contra petroleros agravaron todavía más el panorama. La navegación comenzó a ralentizarse ante el temor de nuevos incidentes, mientras Washington plantea mantener un bloqueo naval sobre Irán y Teherán exige condiciones para permitir la normalización del tránsito. En ese contexto, las acusaciones cruzadas de incumplimiento del acuerdo hacen cada vez más difícil reconstruir la confianza indispensable para cualquier negociación.
El problema no termina en Ormuz. La situación se extiende también hacia el estrecho de Bab el-Mandeb, donde la actividad de los hutíes respaldados por Irán agrega otro factor de riesgo para las rutas marítimas que comunican el océano Índico con el Mediterráneo.
Una interrupción prolongada en cualquiera de estos pasos estratégicos tendría consecuencias que rápidamente alcanzarían a países alejados del conflicto. Mayores costos de transporte, seguros y fletes, junto con una eventual suba del petróleo y del GNL, terminarían trasladándose a las economías domésticas y a las industrias.
Por eso, el vencimiento del plazo no debe interpretarse solamente como un fracaso diplomático. Es también una advertencia económica de alcance global. La paz en Medio Oriente no constituye una cuestión distante para el resto del mundo cuando de sus estrechos depende una parte decisiva del abastecimiento energético.
Estados Unidos e Irán tienen la responsabilidad de evitar que la disputa derive en una escalada irreversible. La diplomacia todavía representa el camino menos costoso y más seguro. En Ormuz, preservar la navegación significa también preservar una cuota indispensable de estabilidad para la economía mundial.