Por Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
El dinero como orden penal o como mercancía perecedera
La cruzada del gobierno de Javier Milei para reformar la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina representa la máxima expresión de la ortodoxia monetaria moderna. El proyecto oficial, enfocado en prohibir por completo la emisión para el Tesoro e implementar penas de prisión para los funcionarios que la validen, descansa sobre un dogma inamovible: el dinero debe ser un refugio de valor incorruptible, y cualquier alteración de su estabilidad es el origen de la decadencia económica. Sin embargo, en las antípodas de este pensamiento no se encuentran las recetas tradicionales del keynesianismo o el estructuralismo latinoamericano, sino una teoría radical que desafía el concepto mismo de la moneda: la doctrina de Silvio Gesell.
El economista "oxidable" y su lazo con la historia argentina
Gesell, el visionario comerciante y economista germano-argentino que fascinó a pensadores de la talla de John Maynard Keynes y Albert Einstein, planteó una tesis que dinamita los cimientos de la reforma actual. Curiosamente, su apellido resuena con fuerza en la geografía nacional: Silvio Gesell es el padre de Carlos Idaho Gesell, el célebre pionero y fundador de la ciudad balnearia de Villa Gesell. La influencia de sus ideas caló hondo en la política nacional de distintas épocas. Buscando incidir en el diseño productivo del país, sus propios hijos le entregaron las obras completas y las sugerencias económicas de Silvio Gesell al entonces coronel Juan Domingo Perón en la década de 1940. Este hito histórico demuestra cómo su pensamiento cruzó de forma transversal la discusión del poder en Argentina.
Inspirador de Roca y Pellegrini en la crisis de 1890
El impacto más inmediato y exitoso de Gesell en la política real ocurrió mucho antes, durante la debacle financiera de 1890 (la crisis de la firma Baring Brothers). A través de su estrecha relación y debates conceptuales con el influyente empresario Ernesto Tornquist, las tempranas observaciones y escritos de Gesell sobre el circulante nacional —como su ensayo La anemia monetaria— fueron tomados como base intelectual por el expresidente Julio Argentino Roca y el mandatario Carlos Pellegrini para diseñar la histórica salida de la crisis. Pellegrini compartía la visión geselliana de que una desinflación abrupta asfixiaba la economía productiva y exportadora. Las propuestas de Gesell sirvieron de andamiaje metodológico para estabilizar el sistema cambiario, frenar la sangría financiera y dar forma a la reforma monetaria y la posterior Ley de Conversión de 1899.
El peligro de la falta de circulante
Para Gesell, tanto la inflación como la deflación destruyen la economía, pero su mirada sobre la baja de precios era implacable: si el dinero gana valor con solo dejarlo quieto, los capitalistas lo retienen. Esta "huelga de capitales" guarda una alarmante vigencia con las discusiones actuales sobre la falta de pesos en la calle. Mientras el gobierno de Milei celebra el desplome de la inflación mediante el congelamiento de la emisión y la absorción de circulante, los críticos —y el diagnóstico geselliano— advierten que se ha generado una peligrosa "anemia monetaria". La escasez de pesos paraliza el comercio porque la gente posterga el consumo, y los industriales, obligados a vender su producción en un mercado sin dinero, caen en pérdidas generalizadas. Lo que la ortodoxia llama "saneamiento", Gesell lo denunciaba como una asfixia artificial de la producción.
La propuesta de la Libremoneda
Frente a la rigidez legal que Milei busca imponer a través del Código Penal para evitar la devaluación de la moneda, Gesell propuso una solución opuesta: la creación de la Libremoneda (Freigeld). Este sistema estipubala que el dinero papel debía perder un porcentaje de su valor de forma programada y periódica, por ejemplo, un cinco por ciento anual. Para mantener la validez legal del billete, su tenedor debía comprar estampillas públicas y pegárselas, pagando un costo de mantenimiento equivalente a la tasa de depreciación. De este modo, el dinero se "oxidaba" al mismo ritmo que las mercancías ordinarias, perdiendo su función de atesoramiento especulativo y transformándose puramente en un medio de cambio fluido e inmediato que jamás podría faltar en la calle.
Dos utopías contrapuestas
El contraste entre ambos modelos resulta fascinante. El plan de la administración de Milei busca "sanear" el Banco Central mediante la inmovilidad de sus reglas y el castigo judicial, operando bajo la premisa de que los individuos ahorrarán en una moneda fuerte que impulse el crédito a largo plazo. Por el contrario, la utopía geselliana eliminaba la necesidad de un aparato burocrático e interventor porque la propia naturaleza del dinero oxidable obligaba a los ciudadanos a consumirlo o invertirlo en proyectos productivos reales de inmediato. Nadie retendría dinero si este pierde valor en sus manos, lo que destruiría la usura y el cobro de intereses puramente especulativos.
Al final del día, Milei y Gesell se enfrentan en una batalla filosófica profunda sobre la naturaleza del tiempo y el capital. El proyecto de reforma del Banco Central asume que el dinero debe trascender a la política y erigirse como un monumento sagrado de valor inalterable. Gesell, en cambio, entendió que humanizar la economía exigía arrebatarle al dinero su inmortalidad artificial. Mientras la Argentina debate si el futuro de su moneda debe blindarse detrás de los barrotes de una celda para evitar que se emita, la sombra de Gesell nos advierte que una economía congelada por la falta de circulante puede ser tan destructiva como el peor de los incendios inflacionarios.