Por Lic. Prof. Fernando A. Ocampo Bravo - Profesor
El ejército que nadie quería capturar vivo: los Caballeros de San Lázaro
Los lazaristas no retrocedían. Los ejércitos que los combatían nunca los tomaban prisioneros, no por respeto, sino por terror. La orden se llenó de guerreros de élite: los lazaristas, hombres a quienes la lepra había marcado, pero no había quebrado. Habían jurado defender la Tierra Santa y no abandonarían su lealtad por ninguna enfermedad.
En la Edad Media, la lepra era algo más que una enfermedad. Padecerla convertía al infectado en un paria social al que se le declaraba muerto en vida: sus posesiones se repartían según su testamento y, tras la celebración de un funeral simbólico, el enfermo se despedía de sus familiares para malvivir en hospicios conocidos como lazaretos, donde, sin tratamiento para la enfermedad, los médicos solo podían aliviar el sufrimiento de una muerte lenta por la putrefacción del cuerpo.
Tan terrible dolencia movió a muchos a ocuparse de los leprosos, entre ellos la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, fundada en Tierra Santa tras la conquista de la ciudad durante la Primera Cruzada.
Estos caballeros hospitalarios fundaron un lazareto a las afueras de la ciudad, que fue creciendo en riqueza e influencia mediante las donaciones de los creyentes, hasta lograr que el rey Fulco de Jerusalén los convirtiera en una organización independiente en 1142.
Formados como orden religiosa bajo la advocación de San Lázaro (discípulo leproso de Jesucristo), estos caballeros tomaron como símbolo una cruz verde sobre fondo blanco, eligiendo la regla de San Agustín para organizar sus vidas. Desde ese momento, la fama de los lazaristas no hizo más que crecer y, a su regreso de las Cruzadas, Luis VII de Francia les concedió el castillo de Boigny, donde fundaron el primer priorato de Europa.
Los caballeros leprosos
Sin embargo, en Tierra Santa las cosas no les fueron tan bien, pues aunque se trataba de una orden dedicada al cuidado de los enfermos, los monjes pronto tuvieron que empuñar las armas ante la amenaza musulmana.
Convertidos en una orden militar, al igual que los hospitalarios, los lazaristas debieron aceptar entre sus filas, por ley, a todo caballero cruzado que contrajera la lepra, proporcionando al rey de Jerusalén un pequeño cuerpo de guerreros que de otro modo habrían acabado en un lazareto.
Iniciada en Oriente, esta integración de la nobleza fue esencial para el crecimiento de la orden, ya que los infortunados nobles que se contagiaban de la enfermedad encontraron en ella un refugio frente a la repulsión que provocaban en la sociedad, además de la oportunidad de alcanzar el Paraíso dedicando lo que les quedaba de vida al servicio de Dios.
La coronación en 1175 de Balduino IV como rey de Jerusalén terminó de definir el papel militar de la orden en el Levante, pues al estar el nuevo monarca afectado también por la lepra, la orden recibió castillos y tierras a cambio de acompañarlo en la guerra, participando por primera vez en batallas como Montgisard o Beqaa contra los sarracenos.
Cuentan los cronistas que, en la guerra, los lazaristas se caracterizaban por lanzar cargas suicidas a la vanguardia del ejército, exhibiendo sus rostros desfigurados y miembros deteriorados como arma psicológica contra el enemigo. Con sus días contados y la promesa del Cielo si morían en combate contra los infieles, los caballeros se enfrentaban a la muerte sin miedo, buscando el martirio como una forma honorable de poner fin a sus vidas.
Más allá de las Cruzadas
Semejante devoción no logró, por desgracia, revertir la situación terminal de los cruzados en Tierra Santa, quienes, tras ser derrotados en los Cuernos de Hattin, debieron replegarse a Acre. La entrada de los mongoles en Jerusalén permitió recuperar temporalmente la ciudad, pero cuando estos se retiraron hacia el este, los mamelucos de Baybars recuperaron el terreno perdido y derrotaron a los cruzados en la batalla de La Forbie.
Fue en ese último combate donde perecieron los 30 últimos caballeros que le quedaban a la orden en Tierra Santa, formando un escuadrón de leprosos a la derecha de la hueste cristiana que cargó con su habitual valentía suicida, luchando hasta el último hombre.
Tras la debacle, los lazaristas se reorganizaron con hombres sanos y participaron en la Séptima Cruzada contra Egipto, siendo finalmente expulsados del Levante junto con el resto de los cruzados cuando cayó Acre en 1291.
Tras el fin de la aventura cristiana en Tierra Santa, la orden supo sobrevivir gracias a su indispensable labor humanitaria, lo que, unido a la protección de los reyes de Francia, impidió que desapareciera como los templarios o que fuera fusionada con los sanjuanistas.
Por el contrario, la Orden de San Lázaro se expandió enormemente al aceptar en sus filas a cristianos de distintas confesiones y, tras su apertura a personas casadas y mujeres a partir del siglo XX, continúa siendo una importante institución benéfica con hospitales en todo el mundo.
Considerándose hombres ya muertos, los caballeros de la orden fueron conocidos por su fiereza y sus hazañas en combate. "Los hombres que caminaban solos" y "muertos vivientes" fueron algunos de los nombres que recibieron los lazarenos, para quienes la muerte al servicio de la fe era infinitamente preferible a las paulatinas acometidas de la enfermedad.
Habiendo dejado atrás toda preocupación por su integridad física, estos guerreros combatieron con una determinación extraordinaria. El Papa les había otorgado el derecho sagrado de luchar; ellos le devolvieron al mundo uno de los ejemplos más brutales de lo que significa no rendirse jamás.