REFLEXIONES

El tiempo es veloz: ¿más productividad y menos sentido?

Por Silvana Cataldo 2 de noviembre de 2026 - 04:00

Por Silvana Cataldo - Especialista en formación en lectura

Durante siglos, buena parte del progreso humano estuvo asociado a la posibilidad de hacer las cosas más rápido. Los medios de transporte acortaron distancias, las comunicaciones redujeron los tiempos de intercambio y las tecnologías automatizaron tareas que antes demandaban horas de trabajo. Cada avance prometía liberar tiempo para dedicarlo a otras actividades. Sin embargo, algo paradójico ocurrió en ese recorrido: cuanto más capaces somos de ahorrar tiempo, más percibimos que no nos alcanza. El sociólogo alemán Hartmut Rosa ha estudiado este fenómeno bajo el concepto de aceleración social. En su libro Social Acceleration: A New Theory of Modernity, distingue tres procesos relacionados: la aceleración tecnológica, la aceleración de los cambios sociales y la aceleración del ritmo de vida. Su planteo resulta especialmente revelador: aunque las tecnologías nos permiten realizar muchas actividades en menos tiempo, la cantidad de experiencias, tareas y expectativas que intentamos incorporar a nuestras vidas también aumenta. Así, el tiempo liberado vuelve a ocuparse y la sensación de escasez permanece.

La velocidad dejó de ser solamente una característica de las tecnologías para convertirse en un valor cultural. Ser rápido es sinónimo de ser eficiente, estar actualizado, responder a las demandas y aprovechar oportunidades. En el mundo laboral, la productividad suele medirse por la cantidad de tareas realizadas en determinado período. En la comunicación, la rapidez de respuesta se interpreta como una señal de interés, disponibilidad o compromiso. En la vida cotidiana, incluso el descanso parece necesitar una justificación productiva. Pero ¿qué sucede cuando comenzamos a medir todas nuestras experiencias con el mismo reloj?

El tiempo que necesita el pensamiento

Pensar requiere tiempo, porque no consiste solamente en recibir información, sino también en procesarla, relacionarla con nuestros conocimientos, contrastarla con otras ideas y construir una interpretación propia. Comprender no es simplemente acceder a una respuesta. Es recorrer un camino intelectual que muchas veces incluye dudas, contradicciones, errores y reformulaciones.La lectura ofrece un ejemplo especialmente significativo. Podemos leer rápidamente para encontrar un dato, identificar una información o resolver una necesidad puntual. Pero cuando se trata de comprender un argumento complejo, interpretar una obra literaria o reflexionar sobre una idea, la velocidad no siempre juega a nuestro favor. Hay textos que necesitan una segunda lectura y preguntas cuyas respuestas aparecen, incluso, después de haber cerrado el libro.Algo similar sucede con el aprendizaje. La posibilidad de acceder instantáneamente a explicaciones, resúmenes y soluciones puede resultar extraordinariamente útil. Sin embargo, cuando la rapidez se transforma en el objetivo principal, corremos el riesgo de confundir la disponibilidad de información con la construcción del conocimiento.

La inteligencia artificial ha llevado esta tensión a una nueva dimensión. Hoy podemos producir en segundos textos, imágenes, presentaciones y respuestas que antes nos demandaban horas. Estas posibilidades representan avances indiscutibles, pero también nos enfrentan a un interrogante: si podemos obtener un resultado casi inmediatamente, ¿qué lugar estamos dispuestos a reservar para el proceso que nos permite comprenderlo, cuestionarlo y hacerlo propio?Quizás uno de los mayores riesgos de esta cultura de la velocidad sea que comencemos a considerar innecesarios algunos procesos intelectuales simplemente porque contamos con tecnologías capaces de ofrecernos resultados sin atravesarlos.

La creatividad necesita tiempo para madurar

La velocidad tampoco es indiferente a nuestra capacidad de crear. Solemos imaginar la creatividad como una inspiración repentina, una idea que aparece inesperadamente y resuelve un problema. Sin embargo, detrás de muchas producciones originales existe un proceso prolongado de exploración, asociaciones, ensayos, errores y revisiones.

Vivimos apurados. Respondemos mensajes mientras hacemos otras cosas, escuchamos audios a velocidad aumentada, pasamos de una noticia a otra sin terminar de comprender la primera y esperamos que cualquier pregunta encuentre una respuesta inmediata. Vivimos apurados. Respondemos mensajes mientras hacemos otras cosas, escuchamos audios a velocidad aumentada, pasamos de una noticia a otra sin terminar de comprender la primera y esperamos que cualquier pregunta encuentre una respuesta inmediata.

En 2012, una investigación de Benjamin Baird y colaboradores, publicada en Psychological Science, mostró que realizar actividades poco exigentes que permiten divagar mentalmente puede favorecer la resolución creativa de problemas previamente abordados. Sus resultados contribuyen a comprender por qué algunas ideas aparecen cuando nos alejamos temporalmente de aquello que intentamos resolver.La pausa, entonces, no siempre representa una interrupción del pensamiento. En determinadas circunstancias, puede formar parte del propio proceso creativo.¿Cuántas ideas surgieron durante una caminata, mientras realizábamos una tarea cotidiana o después de haber dejado descansar un problema que parecía imposible de resolver? Esos momentos, que desde una perspectiva estrictamente productiva podrían considerarse tiempo perdido, muchas veces permiten establecer conexiones que no habíamos advertido.Sin embargo, nuestra vida cotidiana deja cada vez menos espacio para esos intervalos. Cualquier momento de espera puede ocuparse con una pantalla, una notificación o una nueva tarea. Nos cuesta permanecer sin hacer nada porque hemos aprendido a interpretar la inactividad como una oportunidad desaprovechada.

Cuando detenerse se convierte en un privilegio

Existe, además, una dimensión social de la velocidad que merece especial atención. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de administrar su tiempo ni de decidir cuándo detenerse. Para quienes enfrentan extensas jornadas laborales, largos desplazamientos, múltiples empleos o responsabilidades de cuidado, la falta de tiempo no es solamente una percepción cultural. Es una condición concreta de su vida cotidiana. La posibilidad de leer durante una tarde, dedicar horas a aprender algo nuevo, desarrollar un proyecto personal o simplemente descansar depende también de las condiciones materiales en las que transcurre la existencia. Por eso, sería injusto transformar la desaceleración en una nueva exigencia individual. Recomendar que las personas vivan más lentamente, desconecten sus dispositivos o reserven tiempo para reflexionar puede resultar insuficiente cuando las condiciones de trabajo y de vida no permiten hacerlo. Aquí aparece una paradoja inquietante: en una sociedad que ha desarrollado tecnologías extraordinarias para ahorrar tiempo, disponer libremente de él podría convertirse en una forma de privilegio. Frente al llamado a revitalizar la mirada humana en contextos cada vez más tecnologizados, es necesario repensar los contextos (laborales, educativos, familiares), reflexionando y resignificando el tiempo. Fortalecer el pensamiento requiere reconocer el valor de los procesos que a nuestro cerebro le demandan tiempo: idear, crear, aprender, soñar…

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