Por Orlando Navarro - Periodista
Hacia el triunfo del bien sobre el mal
Tuve un amigo de la infancia que se fue de mi barrio cuando tenía menos de 14 años. Ese amigo fue Jacinto Laciar, fallecido hace unos meses. Lo seguí viendo esporádicamente, pero nunca se borró el recuerdo de aquella niñez en la que, para nuestra familia, era como "el sexto hermano". Volví a frecuentarlo ya de grande, a raíz de la feliz idea de reagruparnos quienes fuimos habitantes y disfrutamos de niños de la Esquina Colorada.
Me encontré con otro Jacinto, rodeado de nuevos amigos, amantes de los sabores cuyanos, el buen vino y la tonada. Nos convocaba a su finquita de las Sierras Azules, donde tenía una pequeña viña y elaboraba artesanalmente vinos de especial sabor, que ponía orgulloso en cada mesa. Para nosotros fue una sorpresa ese matiz de nuestro viejo amigo, de quien supimos que se había recibido de abogado y ejercía en el Poder Judicial. Ambas actividades, cuyanía y tribunales, le hicieron cosechar innumerables amigos.
Armamos un grupo de WhatsApp y todas las mañanas nos despertaba con un pletórico "¡buenas y santas!", acompañado siempre con una oración. En ella apelaba a los designios del cielo para proteger nuestras vidas, familias, trabajos y amigos. Me sorprendía la naturalidad con que lo hacía, habida cuenta de la mala fama que cosecha entre quienes nos creemos "machos" eso de rezar o ir a misa. A él parecía no importarle el qué dirán, como si hacerlo denunciase debilidad o falta de coraje.
Toda esta introducción me resulta útil para enfrentar el tratamiento de la noticia que informa sobre el discurso del Presidente Milei ante alumnos de cuarto y quinto año de un colegio secundario de Buenos Aires. Afirmó que "hacer lo correcto trae buenos beneficios", aunque luego, en tono proselitista, sostuvo que "al populismo se le gana haciendo las cosas bien". También hizo alusión al "canto de las sirenas": "En los últimos días, meses, hemos tenido cierta presión para modificar el rumbo y ser más laxos. No estamos dispuestos a negociar nuestros valores éticos y morales. Vamos a seguir haciendo lo que está bien y lo que es justo y no vamos a ceder al canto de las sirenas".
Bien ahí, porque la experiencia indica que hacer gradualismo, como el que intentó Macri para ganar la reelección, terminó desmejorando las cuentas y las pautas de inflación, y perdió a manos del peronismo. Pagó por lo que Espert llamó "kirchnerismo de buenos modales".
Más de la mitad del discurso, Milei lo ocupó en la lectura del epílogo de su próximo libro, "La moral como política de Estado". Dijo que "el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de la ley, para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre; el hombre lo descubrió al obedecer. Está inscrito en los diez mandamientos, en el orden moral que el Creador estableció antes que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. (...) es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove, descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales".
Es inédito y aplaudo poner la Palabra sobre todas las cosas, pero interpreto cuestionable que Dios haya preparado el camino para que viniera el capitalismo. Esa idea económica, a la cual adhiero como la más apropiada entre las existentes, creó también, por obra del hombre, una doble categoría entre explotados y explotadores, que el Creador detesta. La explotación del hombre por el hombre está en las antípodas de sus enseñanzas, que promueven la solidaridad. El capitalismo es una buena idea para desarrollar la economía, pero al ser aplicada por seres falibles, a veces promueve la desigualdad.
Milei reivindicó nuestras raíces judeocristianas como norma de vida y le han llovido las críticas desde sectores políticos y culturales. Pregunto: ¿está mal promover la ética, la moral, las buenas acciones, no dañar al otro, no robar, no desear los bienes ajenos? La respuesta la dejo a criterio del lector, pero adhiero a todo aquel adoctrinamiento que promueva valores como la honradez, la probidad, la nobleza y la solidaridad. Es lo que la sociedad reclama desde hace tiempo.
Un amigo suele decirme que la crisis actual, aquí y en el mundo, es sobre todo moral. Y coincido. Se debe a la ignorancia, o al desconocimiento deliberado, del buen obrar como modo de vida. Al respecto me cita al filósofo Friedrich Nietzsche, quien, refiriéndose a la crisis de valores, proclamó hacia fines del siglo XIX que "Dios ha muerto". Esta dramática aseveración aludía justamente a la pérdida de los valores enunciados en el Evangelio.
Por lo tanto, al haber muerto Dios, el pecado no existe. No hay infierno ni paraíso y cada uno construye su propia moral. El Súper Hombre está más allá del bien y el mal. Obrar el mal es una opción que no tiene límites morales. No hay temor de Dios ni temor al castigo divino. Solo está expuesto al castigo de los hombres, si es que llega. Y así nos va.
Por eso no me parece mal que el Presidente sostenga la "moral como política de Estado". Que lo diga auténticamente o no, se verá con el tiempo. No quiero generar la precaución pícara de Menem, cuando advertía que "cuando se retira un comensal que te estuvo hablando de moral, mejor contá los cubiertos". Ese "cancherismo" del riojano lleva a creer que todos somos potencialmente amorales, corruptos, indecentes y viciosos, aunque digamos lo contrario. Como "Dios ha muerto", todo es relativo y se supone que todos estamos proclives al mal.
No es ser un "santulón" poner a Dios sobre todas las cosas. En la familia, en las escuelas y entre amigos debería divulgarse su Palabra. Somos seres falibles, pecadores, y el maligno está al acecho para llevar almas a sus dominios. Pero quienes creemos tenemos la certeza de que por algo Cristo resucitó, venció al pecado y nos abrió las puertas para la redención. Ser mejores y contribuir a un mundo mejor.
Solo así habremos dejado un legado a nuestros hijos, capaz de iniciar una curva ascendente que lleve al triunfo del bien sobre el mal. Y tener una clase dirigente proba, honrada, íntegra y virtuosa, como lo fueron grandes hombres como San Martín, Belgrano, Sarmiento o Alberdi, que murieron en la más estricta pobreza, pero coronados de gloria.