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REFLEXIONES

Inteligencia postartificial

Por Claudio Larrea 8 de septiembre de 2026 - 05:00

Por Claudio Larrea - Director del Observatorio de Inteligencia Artificial – UCCuyo.

Durante los últimos años nos acostumbramos a hablar de inteligencia artificial como si fuera una frontera. Cada nuevo modelo parece empujarla un poco más: máquinas que escriben, programan, traducen, diseñan, investigan y analizan cantidades extraordinarias de información. Pero quizás estamos mirando hacia el lugar equivocado. El verdadero desafío ya no es preguntarnos hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino qué ocurrirá con nuestra inteligencia cuando convivir con ella sea completamente normal.

A ese escenario podemos llamarlo inteligencia postartificial.

No es una tecnología que vendrá después de la IA ni una nueva generación de algoritmos. Es una condición social: el momento en que dejemos de percibir la inteligencia artificial como algo extraordinario porque estará integrada silenciosamente en universidades, hospitales, empresas, gobiernos y hogares. Como sucedió con Internet, probablemente llegará un día en que resulte extraño decir "estoy usando inteligencia artificial". Simplemente estará allí.

Y entonces comenzará lo verdaderamente difícil.

Durante siglos asociamos conocimiento con acumulación de información. El experto era quien sabía más, recordaba más y podía resolver aquello que otros no podían. La IA está modificando esa ecuación. Millones de personas tienen hoy acceso instantáneo a capacidades de escritura, análisis, programación o interpretación que hasta hace pocos años requerían conocimientos especializados.

La próxima gran desigualdad quizá no sea entre quienes tengan acceso a inteligencia artificial y quienes no. Será entre quienes aprendan a pensar con ella, discutirle y decidir sobre ella, y quienes simplemente acepten sus respuestas. La próxima gran desigualdad quizá no sea entre quienes tengan acceso a inteligencia artificial y quienes no. Será entre quienes aprendan a pensar con ella, discutirle y decidir sobre ella, y quienes simplemente acepten sus respuestas.

Esto no significa la desaparición del experto. Significa algo más profundo: cambiará aquello por lo que valoramos a una persona intelectualmente.

En la sociedad postartificial, el valor podría desplazarse desde tener respuestas hacia saber formular preguntas; desde producir información hacia evaluar su calidad; desde resolver problemas conocidos hacia identificar problemas que todavía nadie formuló correctamente.

La educación será uno de los primeros territorios donde veremos esta transformación. Si un estudiante puede generar un ensayo excelente en segundos, pedir simplemente "un ensayo" pierde buena parte de su valor pedagógico. Si una máquina resuelve ejercicios rutinarios, evaluar solamente la respuesta correcta tampoco demuestra necesariamente aprendizaje. La educación tendrá que enseñar algo mucho más difícil de automatizar: preguntar, argumentar, contrastar evidencias, reconocer incertidumbres, detectar errores y asumir responsabilidad intelectual sobre aquello que se afirma.

Algo semejante ocurrirá con el trabajo. La discusión acerca de si "la IA reemplazará empleos" resulta demasiado limitada. Muchas profesiones continuarán existiendo, pero cambiará radicalmente la distribución de tareas entre personas y máquinas. Médicos, abogados, docentes, investigadores, ingenieros y comunicadores trabajarán acompañados por sistemas capaces de procesar volúmenes de información imposibles para un cerebro humano.

Y allí aparece una paradoja decisiva: cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más exigente tendrá que ser nuestra inteligencia humana.

Porque delegar cálculo no significa delegar criterio. Automatizar una decisión no elimina la responsabilidad de quien la adopta. Y recibir una respuesta convincente nunca debería confundirse con comprender un problema.

Por eso, la inteligencia postartificial no necesita solamente mejores algoritmos. Necesita mejores instituciones, educación crítica, ciudadanos digitalmente alfabetizados, gobiernos capaces de regular sin paralizar la innovación y empresas que comprendan que eficiencia y responsabilidad deben avanzar juntas.

La próxima gran desigualdad quizá no sea entre quienes tengan acceso a inteligencia artificial y quienes no. Será entre quienes aprendan a pensar con ella, discutirle y decidir sobre ella, y quienes simplemente acepten sus respuestas.

La inteligencia artificial ya está transformando nuestras herramientas.

La inteligencia postartificial decidirá algo mucho más importante: qué clase de seres humanos queremos se

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