Por Dra. Alejandra Ferrari (IHRA-FFHA-UNSJ- Junta de estudios históricos de San Juan)
José de San Martín, más allá del bronce
Hoy se conmemora un nuevo aniversario del fallecimiento del General don José de San Martín, ocurrida el 17 de agosto de 1850, a los 72 años en Francia. Sin duda alguna la historia lo ha consagrado con toda justicia como Padre de la Patria y posiblemente todos coincidamos en celebrar sus glorias y conozcamos algunos aspectos de su genialidad militar. Sin embargo, sabemos poco o nada del hombre común.
José Francisco de San Martín y Matorras, nació en Yapeyú –Corrientes- el 25 de febrero de 1778. Hijo de un funcionario español, era el menor de cinco hermanos. Cuando tenía apenas tres años, toda la familia debió trasladarse a Buenos Aires pues su padre había sido trasladado por el virrey Vértiz. Al cumplir ocho años, la familia regresó a España ya que su padre fue designado Capitán de un regimiento en Málaga. Estudió en el Real Seminario de Nobles de Madrid y luego ingresó al Regimiento de Murcia para dedicarse a la carrera militar.
El joven de grandes ojos negros y piel trigueña, a los 12 años ya había participado en algunas batallas contra árabes en Orán y a los 15 cruzó los Pirineos para luchar contra los franceses, demostrando una particular valentía para alguien de su edad. Tuvo sus primeras heridas de guerra antes de los 20 y su rostro resultó marcado por una profunda cicatriz luego de la Batalla de San Lorenzo.
Hablaba perfectamente y leía en inglés, francés, italiano y obviamente español, con marcado acento andaluz. Gustaba del baile y del canto. Era muy buen guitarrista, habiendo estudiado en España con uno de los mejores maestros de su época. También era un experto jugador de ajedrez, juego que también difundió entre sus granaderos.
Ávido lector, tuvo dos pobladas bibliotecas, la primera de ellas traída desde España en 1812, contaba con casi 2000 volúmenes. Además de los esperables manuales de estrategia militar y biografías de militares destacados de la historia, gustaba leer sobre historia, filosofía, artes y narraciones de viajes. También los clásicos, como la Ilíada y la Odisea. Esa primera biblioteca cruzó parcialmente los Andes, en las alforjas de las mulas, pues “sus muchachos” como denominaba a su tropa, necesitaba instruirse en valores y lecturas provechosas, durante su tiempo libre. Otra parte quedó como regalo al pueblo mendocino, por su apoyo en la Guerra de independencia. Su segunda biblioteca, organizada durante el exilio en Francia, era más pequeña y fue donada por sus nietas a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en Buenos Aires. “Las bibliotecas – decía- son más poderosas que nuestros ejércitos para sostener la independencia”.
Creía fervientemente en el valor de la educación para hombres y mujeres, prueba de ello fue la instrucción de su hija Mercedes en una época en que las niñas no estudiaban. "Para defender la libertad se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción y elevación moral", afirmaba.
Era muy buen pintor de marinas. Él mismo decía que si no se hubiera dedicado a la milicia, bien podría haberse ganado la vida pintando cuadros. También gustaba de la carpintería y la jardinería, tareas a las que se dedicó en Francia, siendo muy admirados sus jardines llenos de rosales, que obtuvieron varios premios.
Gran conocedor de vinos, uno de sus sueños fue comprar una parcela de tierra en Cuyo y dedicarse a la producción vitivinícola en su vejez. Ese sueño estuvo cerca de concretarse cuando el pueblo mendocino, en agradecimiento por el éxito de la Campaña Libertadora le obsequió varias hectáreas de tierras en una excelente zona. San Martín prefirió repartir esas tierras entre sus mejores soldados como premio a su valor.
Siempre vivió con lo justo, de hecho recién en su vejez tuvo cierta estabilidad económica gracias a la ayuda de un viejo amigo, el banquero Alejandro de Aguado, que lo nombró albacea de sus hijos.
Rechazaba el lujo y la ostentación, por ello remendaba él mismo su propia ropa y prefería la comodidad de las botas ya gastadas y su grueso poncho. Su comida favorita era el asado, que comía “a lo paisano” cortando la carne con un solo cubierto: el cuchillo. Gustaba del café, que consumía en grandes cantidades. También del helado, que en aquellas épocas era la mezcla de leche, canela o alguna fruta con hielo traído desde la precordillera. Tenía la costumbre de aparecerse por el rancho y pedirle al cocinero que le diera de probar la comida que luego comería la tropa. Quería saber si realmente era buena la comida de sus muchachos. Y allí mismo, en la cocina, la comía parado. Nunca aceptó algún trato diferencial entre él y sus soldados.
Generoso con sus amigos, es conocida su amistad con Belgrano, a quien no sólo enseñó estrategia militar, sino que además intercambiaron largas cartas comentando libros, noticias nacionales e internacionales y hasta remedios caseros para combatir alguna dolencia.
Predicaba con el ejemplo. Él mismo enseñaba el manejo de cada una de las armas, como lo atestiguan las melladuras del filo de su Corvo. Jamás daba una orden a sus subordinados que él mismo no pudiera cumplir. Exigía de sus soldados una conducta ejemplar y el trato respetuoso, en especial para con ancianos, mujeres y niños.
En tiempos en que los ejemplos de vida escasean, es bueno reflexionar acerca de un hombre común, llamado José de San Martín, que fue capaz de hacer cosas extraordinarias gracias a su valentía, al trabajo cotidiano y al esfuerzo desinteresado. Nunca ambicionó el poder, prefiriendo en cambio el servicio y el mérito; tal como se expresa en una de sus más inspiradoras frases: “LA CONCIENCIA ES EL MEJOR Y MÁS IMPARCIAL JUEZ QUE TIENE EL HOMBRE DE BIEN”.