Por Prof. Edmundo Jorge Delgado - Magíster en Historia
La histórica despedida a Buenaventura Luna
Aquel domingo 29 de julio de 1956 aún perdura en la memoria colectiva del pueblo jachallero. Ese día se trasladaron a su Huaco natal los restos de don Buenaventura Luna -hace 70 años- fallecido un año antes en Buenos Aires. La nutrida caravana había partido desde la Plaza 25 de Mayo en las primeras horas de la mañana.
A mediodía el cortejo se detuvo en la localidad de Tucunuco. Allí un grupo de niños depositó sobre el féretro un ramo de flores. Hombres y mujeres le rindieron un silencioso respeto. Al arribar a Niquivil el director de la Escuela Nacional, don Froilán Castro, enunció unas vibrantes palabras despidiendo a su apreciado amigo.
Cuando el séquito llegó a Jáchal, el departamento íntegro se estremeció, fue una de esas jornadas en que la historia se piensa detenida. En aquel lugar lo esperaban sus gauchos -aquellos que glorificó en sus versos-ataviados con su típica indumentaria, portando banderas argentinas. Toda la comunidad local estuvo presente. En la Parroquia de San José el presbítero Lasalle le rezó un sentido "responsorio". Luego la caravana partió a Huaco. Al llegar a la escuela de la Falda, en Pampa del Chañar, el acompañamiento se detuvo, realizándose un emotiva ceremonia: el encuentro de los "arrieros pobres con los arrieros ricos", antigua tradición lugareña que tuvo por escenario los alrededores de un algarrobo a cuya sombra solía descansar don Buenaventura. Al aproximarse a las sierras de Huaco se acercó un grupo de arrieros -los hijos de la tierra-. Uno de ellos, don Mario Páez, pidió consentimiento para que se cantara una tonada.
Al ingresar a la quebrada de la localidad, el viento Zonda que soplaba fuerte se detuvo súbitamente a la misma hora en que un año atrás moría Dojorti.
Un detalle llamativo fue que al ingresar a la quebrada de la localidad, el viento Zonda que soplaba fuerte se detuvo súbitamente a la misma hora en que un año atrás moría Dojorti. "Es que la naturaleza toda se unió al luto de su pueblo", alegó un antiguo lugareño. La llegada a su tierra fue otro momento conmovedor. "El silencio de la gente humilde, que no lloró, que no gimoteó...decía más que todas las palabras". En aquel lugar los jinetes rodearon el furgón adueñándose de aquellos despojos queridos. De allí se dirigieron a la casa natal del poeta y en su interior velaron sus restos. La ceremonia final en el cementerio fue espontánea y enternecedora. Sucedieron sendos discursos y hasta algunas ancianas huaqueñas enlutadas íntegramente -esas que con tanta vehemencia menciona en "Vallecito"- se hicieron presentes para orar ante su morada final.