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EDITORIAL

La Pampa del Leoncito no puede seguir siendo tierra de nadie

Por Redacción Diario de Cuyo 8 de julio de 2026 - 06:00

La reciente condena impuesta a dos turistas que provocaron daños en la Pampa del Leoncito representa un precedente importante en la defensa del patrimonio natural de San Juan. Las multas de un millón de pesos, a cada uno, aplicadas por la Justicia envían una señal clara respecto de la responsabilidad que implica preservar un espacio de características excepcionales. Sin embargo, el fallo también pone de manifiesto una realidad preocupante: los episodios de destrucción continúan repitiéndose en un lugar que, por su singularidad, debería contar desde hace años con mayores niveles de protección y control.

No se trata de un hecho aislado. En distintas oportunidades, este extraordinario escenario natural, conocido también como Barreal Blanco, ha sido víctima de conductas irresponsables de quienes confunden un espacio protegido con un terreno apto para exhibiciones de destreza al volante. Las maniobras de alta velocidad, los trompos y los derrapes realizados sobre una superficie extremadamente frágil no sólo alteran un paisaje único, sino que producen daños cuya recuperación demanda décadas.

La Pampa del Leoncito constituye uno de los ambientes geológicos más particulares del país. Su extensa planicie blanca, formada sobre el lecho seco de un antiguo lago cuaternario, ofrece un paisaje de extraordinaria belleza que atrae a visitantes de todo el mundo. Precisamente esa singularidad obliga a extremar los cuidados. El suelo está compuesto por sedimentos salinos muy finos que se compactan y deforman con facilidad. Las profundas huellas dejadas por los vehículos alteran un equilibrio ambiental que la naturaleza tarda muchos años en recomponer.

Resulta acertada la decisión judicial de no limitarse a la sanción económica. La disposición de notificar a las áreas competentes para impulsar tareas de restauración y fortalecer las acciones de prevención apunta al verdadero problema de fondo. La experiencia demuestra que la sola existencia de carteles indicadores no alcanza cuando no existe una presencia efectiva del Estado que garantice el cumplimiento de las normas.

La propia configuración del lugar favorece esa sensación de ausencia de controles. Quienes llegan a la Pampa del Leoncito encuentran un paisaje de enorme belleza, pero también una infraestructura mínima, escasa señalización complementaria y una vigilancia prácticamente inexistente. Esa imagen de inmensidad y soledad termina alimentando la equivocada percepción de que todo está permitido.

La protección del patrimonio natural no puede descansar únicamente en la buena voluntad de los visitantes. Constituye una obligación constitucional y una responsabilidad indelegable de los organismos públicos. Si se pretende consolidar a San Juan como un destino turístico de naturaleza, resulta imprescindible invertir en infraestructura, reforzar la presencia de guardaparques, instalar sistemas permanentes de vigilancia y desarrollar campañas de educación ambiental dirigidas tanto a turistas como a residentes.

La sanción aplicada a los responsables debe ser entendida como una advertencia para quienes no respetan los bienes comunes. Pero será insuficiente si no va acompañada de una política sostenida de conservación. La Pampa del Leoncito no sólo es uno de los paisajes más emblemáticos de San Juan; es un patrimonio natural irrepetible cuya preservación exige decisiones firmes para que nunca más vuelva a ser considerada una tierra de nadie.

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