Por Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
La paradoja de los concentrados mineros en San Juan
La historia económica de nuestra provincia, y muy especialmente la de los departamentos del norte sanjuanino, está indisolublemente ligada a la riqueza de nuestras entrañas cordilleranas. Durante las últimas décadas, hemos visto desfilar anuncios de megaproyectos, inversiones multimillonarias y promesas de progreso definitivo de la mano de la minería.
Riqueza global en la cordillera sanjuanina
Hoy, el horizonte nos habla de minerales estratégicos para la transición energética mundial a una escala colosal. El surgimiento del distrito Vicuña, que alberga proyectos de envergadura global como Josemaría e instalaciones complejas como Filo del Sol —cuya naturaleza binacional nos conecta directamente con Chile bajo un tratado único—, posiciona a San Juan en el epicentro de la agenda minera global. Sin embargo, detrás del brillo de estas cifras se esconde la persistencia de un fracaso estructural: la incapacidad argentina de erigir una industria pesada señera, que es la verdadera potencia de los países desarrollados. Al renunciar a este eslabón, nos resignamos, una vez más, al histórico rol de simples exportadores de concentrados.
El techo de cristal productivo
Para entender este techo de cristal productivo, no hace falta recurrir a teorías complejas, sino a la fría realidad legal y económica que nos gobierna. El proceso minero proyectado para estos gigantes del distrito Vicuña culmina en la molienda y flotación para obtener un polvo con un porcentaje de metal —el concentrado— que viajará en camiones, trenes o mineroductos hacia los puertos, con destino final en las refinerías del hemisferio norte o de Asia. ¿Por qué la refinación y la fundición no ocurren en suelo sanjuanino o mediante un esquema binacional soberano aprovechando la escala de Filo del Sol y Josemaría? La respuesta es una combinación de asimetría global y falta de una política de Estado que entienda que la soberanía económica se mide en toneladas de metal refinado, no en barcos llenos de barro mineralizado.
El legado sarmientino
Ante este panorama de resignación productiva, se vuelve imperioso rescatar el pensamiento de nuestro máximo prócer civilizador. Domingo Faustino Sarmiento, como ferviente defensor de la educación en todos sus tramos y pionero del fomento minero a través de las escuelas de ingeniería, hubiera sido sin dudas un partidario implacable de completar el proceso productivo en origen. Para Sarmiento, la riqueza natural no era un fin en sí mismo, sino el medio para forjar una ciudadanía libre y capacitada. Industrializar el mineral en San Juan no es solo un imperativo económico; es la llave para incluir al mayor número de ciudadanos a través de la educación aplicada a la producción. Reemplazar el camión de concentrado por una industria pesada local nos obligaría a elevar el nivel técnico de nuestro pueblo, transformando las aulas y las aulas de oficios en los verdaderos motores del progreso real, tal como el gran maestro sanjuanino lo soñó en su visión de una nación moderna y soberana.
Las excusas del mercado y las asimetrías globales
En primer lugar, construir una fundición o refinería de alta complejidad demanda inversiones de capital que rivalizan con los costos de apertura de la mina misma. Las multinacionales mineras argumentan que los márgenes de ganancia de la refinación son mínimos comparados con los de la extracción, y que la lógica del mercado internacional impone grandes centros de procesamiento global —mayoritariamente ubicados en China— para lograr economías de escala competitivas. A esto se suma el talón de Aquiles energético y logístico de nuestra región: una planta de fundición requiere un suministro eléctrico monumental, constante y a tarifas competitivas, además de insumos químicos críticos que encarecen el proceso en zonas cordilleranas alejadas de los puertos.
El vacío legal y la exigencia de la licencia social
Pero más allá de los factores macroeconómicos, existe una responsabilidad jurídica y política insoslayable. El marco normativo nacional, heredado en gran medida de la Ley de Inversiones Mineras de los años 90, fue diseñado para atraer capitales facilitando la extracción y la repatriación de utilidades, pero careció de incentivos audaces o de la exigencia soberana para forzar el procesamiento local. Incluso ante desafíos binacionales como los que propone Filo del Sol, los acuerdos se limitan a facilitar la logística extractiva transfronteriza, postergando el debate sobre la industrialización en origen. Tampoco podemos obviar las estrictas barreras ambientales y el debate sobre la licencia social: las fundiciones conllevan desafíos complejos en el manejo de emisiones de dióxido de azufre y residuos pesados, una discusión sensible para parte importante de la comunidad jachallera, que legítimamente exige el resguardo absoluto de sus cuencas hídricas y su entorno.
Por un desarrollo industrial en nuestra propia tierra
Como hombres del derecho y de la política territorial, no podemos mirar este proceso con resignación pasiva. La minería debe dejar de ser una actividad puramente enclave para convertirse en el motor de una red metalúrgica e industrial propia. Exportar concentrado es exportar mano de obra calificada, tecnología potencial y la oportunidad histórica de romper con la matriz primarizada de nuestra economía. San Juan tiene en el distrito Vicuña, en Josemaría y en Filo del Sol los minerales estratégicos que el mundo reclama con urgencia para combatir el cambio climático. Lo que aún nos falta es la audacia política, legislativa y empresarial para exigir que la riqueza no pase de largo en un camión, y que el verdadero desarrollo industrial —el que define a las potencias globales— empiece y termine en nuestra propia tierra.