Por Orlando Navarro - Periodista
La Patria no se vende
Las inversiones extranjeras en la Argentina han sido observadas con recelo, principalmente por los sectores más bien ligados al peronismo y la izquierda. Siempre ha sido un factor divisorio, y en estos tiempos vuelven a recrudecer como consecuencia de la política aperturista del gobierno de Javier Milei. Lo cierto es que la inversión es un factor decisivo para la producción, provenga de donde provenga. De bolsillos argentinos o de afuera.
Pero en el caso de la Argentina, ¿por qué se promueve la inversión extranjera, con el costo para el gobierno de ganarse el concepto de "vende Patria"? ¿Es que no existen capitales de origen nacional, dispuestos a invertir en nuestro país?
Conforme lo que venimos escuchando desde hace muchos años, los argentinos tendrían atesorados, "bajo el colchón", sumas que se calculan entre 250.000 y 400.000 millones de dólares. Cifras que superan largamente la que los extranjeros están planificando invertir en proyectos ligados a los hidrocarburos, energía, minería y otros. Incentivados sobre todo por los beneficios del RIGI y, ahora, el Súper RIGI.
¿Por qué entonces hace falta que los capitales vengan de afuera, mientras "los de aquí" se conservan en lugares recónditos, en bancos de otros países, o en paraísos fiscales?
La primera respuesta que se me ocurre, es que no existe aún en la Argentina, salvo excepciones, una conciencia cierta de lo que es invertir a riesgo. El riesgo que significa que pueda salir todo bien, o todo mal y perder lo invertido. Riesgo que no solo está fundamentado en lo incierto que resulta destinar fondos, por ejemplo, para explorar terrenos donde se "presume" se esconde alguna riqueza, sino, y principalmente en mi concepto, por la falta de seguridad jurídica que tradicionalmente ha caracterizado a la Argentina.
Un antecedente cercano lo es la ley de Inocencia Fiscal, destinada a promover que los argentinos saquen esos dólares "del colchón". Pero hasta aquí no se conoce que ese incentivo haya tenido mayor éxito, sobre todo por falencias en la implementación. Por lo que se han enviado nuevos proyectos, aumentando los topes y promoviendo el acceso de grandes capitales. Los argentinos seguimos dudando en las políticas gubernamentales, al contrario de los extranjeros que observan como los índices de "riesgo país" van continuamente a la baja y ya está en los 400 puntos. Y desde el gobierno auguran que va a estar en los 200 para el año próximo. O sea, lo normal para un país con orden fiscal. Uruguay, por ejemplo, está en 60.
O sea, los de afuera creen. Los de aquí dudan.
Y es que no hemos sido creíbles, a partir de ser considerados "defoulteadores seriales", malos pagadores y pésimos administradores de la cosa pública. Sumados a nuestro pasado reciente de apropiación de capitales privados a través de, por ejemplo, el Plan Bonex, o de la confiscación de depósitos vía plan corralito, luego corralón, la pesificación asimétrica, devaluaciones cada tanto, y otras medidas impresentables, que nos hicieron ganar aquella mala fama internacional. El fugaz presidente Rodríguez Saa anunciando pletórico que "no pagaremos la deuda externa", más el aplauso cerrado de la asamblea legislativa, recorrió el mundo y espantó a los que alguna vez pesaron en invertir en nuestro país.
No habiendo argentinos dispuestos a invertir a riesgo, ¿vamos a dejar que las riquezas tan pródigamente provistas por la naturaleza, sigan durmiendo allí dónde están, mientras el pueblo la pasa mal? Nos preguntamos desde hace tiempo por qué teniendo un país tan rico, tenemos una calidad de vida propia de los países subdesarrollados.
Como concepto, la inversión extranjera es importante para el desarrollo de los países menos evolucionados y sus mercados emergentes. Desde fusionarse con empresas argentinas, o directamente adquirirlas, o la creación de una nueva empresa, o la expansión de las operaciones de las ya existentes.
No entiendo cómo se puede resistir ese tipo de inversiones, salvo que se sospeche que el gobierno se preste a algún tipo de negociado y al final los capitales que vuelven en forma de renta, a sus países de origen, superen largamente lo que invirtieron aquí. Ese desbalance no debería permitirse, siendo también responsabilidad del gobierno tender a que las empresas locales ya establecidas se les otorguen las mismas posibilidades que a las extranjeras, sobre todo en lo que tiene que ver con los incentivos fiscales.
Salvando este punto, importante en cuanto a la responsabilidad del gobierno de cuidar nuestros intereses, trataré de enumerar sus ventajas, partiendo que tiene un efecto directo en el crecimiento económico. El desarrollo de nuevas manufacturas y servicios, hace que aumente el empleo y la calidad cuantitativa del salario. El aporte de nuevas tecnologías hace al desarrollo de nuevas habilidades en la fuerza laboral, incrementando los niveles de perfeccionamiento educativo y su efecto multiplicador para la economía en su conjunto. Aumenta la capacidad de producción y la perfecciona en sus niveles de eficiencia, haciendo que nos pongamos a la altura de los más desarrollados. No solo se promueve el consumo interno, sino que alienta la exportación. El ingreso de divisas hace a la estabilidad del tipo de cambio y contribuye a la quietud de la inflación. Además de facilitarnos el ingreso a los mercados de capitales y hacernos más competitivos internacionalmente.
Es un proceso virtuoso que mejora y facilita la vida de los habitantes, que se encuentran con nuevas ofertas y la competencia hace que mejoren los índices de precios y la calidad de los productos a consumir.
La lectura de algunos títulos de esta semana en DIARIO DE CUYO, nos hablan que, por ejemplo, "avanza el mapa del cobre y el oro en San Juan. La minera que opera Piuquenes Norte dio a conocer auspiciosos resultados en sus exploraciones". Otro dice que "el Pachón cerró su campaña de 2025-2026 más de 600 empleos sanjuaninos y avances decisivos para el proyecto". Una tercera dice que "Argentina y Chile reactivan tratado minero para impulsar proyectos fronterizos y nuevas inversiones". Otra decía: "San Juan lidera la revolución del RIGI: concentra los megaproyectos mineros más grandes del país". A mí, como sanjuanino, se me infla el pecho de orgullo. Que San Juan esté a la cabeza de algo tan importante, es algo a lo que no estamos acostumbrados. Salimos del cascarón del monocultivo, de ser una provincia mendicante de la coparticipación, a ser protagonistas de nuestro propio futuro. Ser independientes de la "billetera y el látigo" de la Nación, fortalece nuestra autoestima y nos afirma como una comunidad abierta a todos los argentinos y al mundo.
Allí está el futuro esperándonos, y podremos cumplir con el sueño de nuestro prócer máximo, cuyas ideas, desprovistas de falsos nacionalismos, no dudó en traer maestras de los EEUU, seducido por la calidad de enseñanza de ese país, en facilitar los medios para que capitales británicos tendieran grandes redes ferroviarias, crearan nuevos puertos, tecnificaran el campo, por lo que fuimos "el granero del mundo", crearan frigoríficos, se procesara modernamente la carne, o se estableciera el primer centro astronómico de Sudamérica, en Córdoba. Más haber creado los mecanismos, junto a la muchas veces denostada "generación del 80", para facilitar la inmigración, que trajo el músculo joven de Europa que contribuyó para que Argentina fuese uno de los países más desarrollados del mundo.
Así es como "la Patria no se vende". Se hace.