Por Claudio Larrea - Director del Observatorio de Inteligencia Artificial – UCCuyo
La resistencia a la Inteligencia Artificial
Cada vez que aparece una tecnología nueva, reaparece el mismo gesto: la resistencia. No siempre es rechazo explícito. A veces es desconfianza, a veces ironía, a veces una frase que suena sensata: "yo prefiero hacer las cosas como siempre". Con la Inteligencia Artificial ese gesto se multiplicó. Hay quienes la temen, quienes la minimizan y quienes, sin decirlo, la evitan porque les obliga a cambiar el modo en que trabajan, estudian o deciden.
La resistencia no es, en sí misma, un error. Históricamente protegió a las sociedades de adoptaciones ciegas. Ocurrió con la imprenta, con la electricidad, con Internet y con los celulares en el aula. El problema empieza cuando la resistencia deja de ser prudencia y se convierte en parálisis. Porque mientras algunos dudan, otros ya están usándola todos los días. La encuesta global de PwC 2026 muestra que en Argentina el 61 % de los empleados utilizó IA en el último año y cerca de un tercio lo hace a diario o semanalmente. La tecnología ya no espera a que nos pongamos de acuerdo.
En San Juan esa tensión se ve de cerca. Un relevamiento del Observatorio de Inteligencia Artificial de la Universidad Católica de Cuyo, con 348 estudiantes de distintas sedes, encontró que el 98 % ya usa herramientas de IA en lo académico, pero menos de un tercio recibió formación específica sobre uso crítico o ético. No es un problema de "falta de tecnología": es un problema de criterio. La resistencia de docentes, familias o instituciones no nace solo del miedo a lo nuevo; también nace de ver un uso masivo sin acompañamiento.
Buena parte de la resistencia nace de tres malentendidos. El primero es creer que usar IA es "hacer trampa". En realidad, hacer trampa es presentar como propio un trabajo que no se pensó. Usar una herramienta con criterio, verificar, corregir y firmar con responsabilidad es otra cosa. El segundo es imaginar que la IA reemplaza de golpe a las personas. En la práctica reconfigura roles: automatiza tareas y exige nuevas competencias. El tercero es pensar que resistirse basta para quedar a salvo. Quien no aprende a convivir con estas herramientas no conserva su lugar; lo deja a quienes sí lo hacen.
También hay resistencias legítimas. Preocupan la privacidad, los errores, los sesgos y la pérdida de juicio. Esas alertas no sobran: sobran cuando se usan para no mirar el problema de frente. Una sociedad adulta no elige entre fascinación ingenua y rechazo total. Elige aprender, regular con sentido y decidir dónde la supervisión humana es innegociable.
¿Qué habría que hacer? Primero, tomar la resistencia como diagnóstico: ¿qué miedo concreto hay detrás? Segundo, pasar de la prohibición simbólica a la formación práctica en escuelas, universidades y organizaciones. Tercero, exigir transparencia: si se usa IA, que se diga; si se decide con sistemas, que quede claro quién responde. En San Juan —donde ya hay herramientas judiciales, educativas y productivas en marcha— la pregunta útil ya no es si la IA "debe" usarse. Es cómo usarla sin renunciar al juicio. Resistirse puede ser el primer reflejo. Quedarse ahí, en un mundo que ya cambió, es el verdadero riesgo.