Por Dr. Mario Alfredo Luna - Abogado y Expresidente del Concejo Deliberante de Jáchal
Más allá del gran capital, el olvido del pirquinero sanjuanino
En el debate público sobre el desarrollo económico de nuestra región, la palabra "minería" parece haberse convertido en un sinónimo exclusivo de megaproyectos, inversiones multimillonarias y firmas transnacionales. Hemos aceptado, casi sin resistencia, el dogma de que el universo extractivo empieza y termina en el gran capital extranjero. Sin embargo, al entregar la totalidad de la matriz productiva a la lógica de la megaescala, la Argentina —y muy especialmente la provincia de San Juan— ha dejado morir en el olvido una veta histórica, social y profundamente soberana: la minería pirquinera.
San Juan albergó históricamente una de las comunidades de pirquineros más activas del país. Hombres y mujeres que, con conocimiento empírico y un profundo arraigo territorial, daban vida a los cerros extrayendo minerales allí donde la naturaleza los disponía en vetas estrechas o yacimientos marginales. Esta riquísima tradición no es un mito oral; está documentada en las páginas de obras históricas fundamentales de la provincia, como "La minería en San Juan" (1888) del célebre historiador y funcionario P. P. Ramírez. En este libro, que funciona como un testimonio vivo de la identidad cuyana, ya se describían detalladamente los métodos tradicionales de extracción y la enorme red de familias locales cuya economía diaria dependía exclusivamente del pico, la pala y el pirquén.
Hoy, esos actores se han ido extinguiendo en silencio. El recuerdo de sus faenas se desvanece en la memoria colectiva y su saber hacer ancestral ha sido sepultado por la burocracia. Lo más grave no es solo la pérdida de ese patrimonio, sino el flagrante cinismo del sistema político. Resulta indignante ver cómo los dirigentes locales y nacionales se llenan habitualmente la boca aprobando leyes para la pequeña y mediana industria, rasgándose las vestiduras por el desarrollo pyme, mientras mantienen un apagón legislativo absoluto sobre la minería de subsistencia. Han pasado décadas desde la sanción de la Ley de Inversiones Mineras (Ley N° 24.196) —el gran marco regulatorio pensado para las multinacionales— y en todo este tiempo jamás se escuchó en los congresos una sola propuesta vinculada a una revalorización, ni siquiera abstracta o teórica, de la industria pirquinera.
Cruzando la cordillera, la realidad es diametralmente opuesta. Chile entendió tempranamente que la minería artesanal requería un ecosistema legal protector y sancionó un régimen jurídico específico para el pirquinero. El modelo chileno no asfixia al pequeño minero exigiéndole los mismos estándares corporativos que a una multinacional. Al contrario, a través de normativas específicas como la Ley N° 19.719, el Estado chileno le otorgó un estatus legal diferenciado a la pirquinería. Más aún, el régimen legal chileno implementó exenciones impositivas críticas e instrumentos provinciales de fomento, diseñando un sistema de patentes mineras simplificadas y de costo reducido para resguardar la actividad frente al avance de la gran industria. Este andamiaje jurídico se complementa con la existencia de la Empresa Nacional de Minería (ENAMI), que funciona como un "poder de compra estatal" que le garantiza al pirquinero colocar su producción a precios justos en el mercado formal, liberándolo de la usura de intermediarios privados.
En la Argentina, en cambio, la discriminación positiva hacia el pequeño productor simplemente no existe. Al exigirle legalmente al poseedor de una carretilla la misma ingeniería burocrática, ambiental y fiscal que a un proyecto de miles de millones de dólares, el Estado terminó empujando al pirquinero sanjuanino hacia la clandestinidad o la extinción.
Esta es una enorme oportunidad perdida. El gran capital tiene un límite físico insalvable: la escala. Existen miles de yacimientos, vetas menores y manifestaciones de minerales que las multinacionales jamás explotarán porque sus volúmenes no justifican los costos operativos de sus inmensas maquinarias. Es precisamente en esos nichos abandonados donde el pirquinero se convierte en un motor económico imbatible. Su actividad no solo genera autoempleo e inyecta recursos directamente en los comercios de cercanía, sino que además garantiza el arraigo poblacional en las comunidades más aisladas de nuestra cordillera, un aspecto que desde departamentos con profunda raigambre histórica como Jáchal conocemos perfectamente.
No se trata de añorar el pasado reflejado en los viejos textos de P. P. Ramírez con una simple mirada nostálgica. Se trata de comprender que el mundo minero no se acaba en los grandes rajos abiertos. Si existiera la voluntad política de imitar el espejo regulatorio chileno y sancionar una ley de fomento con un régimen fiscal adaptado, la pirquinería sanjuanina renacería con fuerza. Una normativa específica permitiría la formalización, el acceso a tecnologías más seguras y limpias, y canales de comercialización justos. Devolverle el derecho al futuro y la dignidad legal al pirquinero es demostrar, de una vez por todas, que la riqueza de nuestra tierra también puede ser extraída y distribuida por las manos de nuestra propia gente.