Pandemia de desinformación: cuando la verdad dejó de ser suficiente
Por Claudio Larrea - Director del Observatorio de Inteligencia Artificial – UCCuyo
La pandemia de COVID-19 dejó una lección silenciosa, pero profunda: no solo enfrentamos un virus biológico, sino también una verdadera pandemia de desinformación. Mientras el contagio avanzaba, también lo hacían rumores, noticias falsas y discursos emocionales que muchas veces pesaban más que los datos.
Este fenómeno no es casual. Como explican los estudios sobre posverdad, hoy la información ya no se organiza solamente en torno a la verdad, sino en función de lo que impacta, moviliza o confirma creencias previas. En este contexto, lo emocional tiende a imponerse sobre lo racional.
La desinformación funciona como un virus social. Se propaga rápidamente, se adapta a distintos contextos y encuentra en las redes sociales un entorno ideal para multiplicarse. Pero hay algo más preocupante: muchas veces no necesita ser totalmente falsa. Basta con mezclar datos reales con interpretaciones sesgadas para generar una apariencia de veracidad.
Esto ya había sido anticipado desde el campo de la comunicación. La mentira no siempre se presenta como un error o un engaño evidente, sino como una construcción que busca ser creída. No se trata solo de decir algo falso, sino de hacerlo de manera verosímil y emocionalmente convincente.
Durante la pandemia sanitaria, esto se evidenció con claridad. Circularon supuestas curas milagrosas, teorías conspirativas y discursos que ponían en duda la eficacia de las vacunas. Muchas personas no tomaban decisiones basadas en evidencia, sino en aquello que les resultaba más creíble dentro de su propio marco de ideas.
El problema es que esta lógica no terminó con la pandemia. Hoy atraviesa la política, la economía, la educación y, cada vez más, la tecnología. La irrupción de la Inteligencia Artificial amplifica este escenario: permite generar textos, imágenes y videos con un nivel de realismo que dificulta distinguir lo verdadero de lo falso.
Además, las plataformas digitales favorecen la creación de burbujas informativas. Las personas tienden a consumir contenidos que refuerzan sus creencias, lo que reduce el espacio para el debate y fortalece la polarización. En este contexto, la desinformación no solo engaña: también divide.
Frente a este escenario, la solución no es simple, pero sí clara. Así como en una pandemia sanitaria se desarrollan vacunas, en la pandemia de la desinformación la principal herramienta es la alfabetización mediática. No alcanza con saber usar tecnología: es necesario comprender cómo funciona la información, quién la produce y con qué intención.
Desarrollar pensamiento crítico implica aprender a verificar fuentes, contrastar datos y reconocer cuándo un mensaje busca informar o simplemente persuadir. Es, en definitiva, una forma de defensa personal en un entorno saturado de información.
Las instituciones tienen aquí un rol clave. Las universidades, los medios y el Estado deben fortalecer la producción de información confiable y accesible. Pero también es una responsabilidad individual: cada persona decide qué comparte y qué legitima.
En definitiva, la pandemia de desinformación no tiene un cierre claro. Es un fenómeno estructural de nuestra época. Pero hay una diferencia fundamental con los virus biológicos: su propagación depende, en gran medida, de nuestras decisiones.
Porque en la era de la posverdad, no alcanza con que algo sea verdadero. También debe ser comprendido, verificado y, sobre todo, elegido como tal.