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TENEDOR LIBRE

Pensar con los pies: por qué caminar es el mejor combustible creativo

Por Rubén Valle 6 de junio de 2026 - 05:30

Por Rubén Valle - Periodista

Me lo advirtió mi primo, el médico: "Acordate siempre: estar sentado es el nuevo cigarrillo. ¡Caminá!". Y yo, confieso señor juez, me suelo fumar hasta dos paquetes al día siguiendo su elocuente metáfora. Cuando lo noto, se me representa su rostro de asesor ad hoc y, como un resorte, salgo con cualquier excusa a mover las piernas.

En esto de una de cal y otra de arena, digo a mi favor que siempre subo tres pisos por escaleras y hasta miro el ascensor con cierto desdén (me juega a favor el fantasma de la claustrofobia). Subirlas y bajarlas unas cuantas veces al día me hace sentir un runner de cabotaje. Sin embargo, tan ocupados como estamos en tener la vida "pantallizada", solemos perder de vista lo obvio: caminar es gratis, tiene bajo impacto y un efecto extraordinario en el cuerpo.

¿Por qué hace tanto bien? Otra vez irrumpe el doctor: refuerza el corazón, controla el azúcar en sangre, regula el metabolismo y reduce el cortisol, la hormona del estrés. O sea, ganar-ganar. No lo digo yo, lo dictamina la Organización Mundial de la Salud (OMS): acumular entre 150 y 300 minutos de actividad física moderada a la semana marca una diferencia enorme en la expectativa y calidad de vida. ¡Tanto por tan poco!

Caminar no mejora la inteligencia general, sino que activa el pensamiento divergente: ese que conecta nodos inesperados, toma un problema y encuentra corolarios o soluciones múltiples en lugar de una sola respuesta rígida. Caminar no mejora la inteligencia general, sino que activa el pensamiento divergente: ese que conecta nodos inesperados, toma un problema y encuentra corolarios o soluciones múltiples en lugar de una sola respuesta rígida.

Pero hay un plus para los caminantes. Citemos a Nietzsche, que siempre queda bien: "Todos los pensamientos verdaderamente grandes se conciben al caminar". Inspirada o no en el filósofo alemán, la psicóloga de Stanford, Marily Oppezzo, dedicó cuatro años a demostrar que el sencillo acto de caminar genera un 60% más de ideas creativas que estar sentado. Evaluó a 176 personas bajo condiciones contrapuestas; en uno de los experimentos, el 100% de los participantes se convirtió en una versión más creativa de sí misma al ponerse en movimiento.

Lo fascinante es que Oppezzo colocó a los sujetos en una cinta de correr frente a una pared blanca. Sin paisaje, aire fresco ni distracciones. El aumento del 60% en la producción de ideas novedosas y útiles se mantuvo. Es decir, el beneficio es puramente mecánico y neurológico.

Caminar no mejora la inteligencia general, sino que activa el pensamiento divergente: ese que conecta nodos inesperados, toma un problema y encuentra soluciones múltiples en lugar de una sola respuesta rígida.

A diferencia de la concentración extrema frente a un escritorio, que anula los procesos asociativos, caminar a ritmo natural ocupa la mente consciente lo justo y necesario para activar la Red Neuronal por Defecto (RND). En ese estado de aparente distracción, el cerebro se libera y vincula recuerdos o conceptos que habitaban en compartimentos separados, destrabando el flujo creativo que la obligación de producir mantenía bloqueado. Suena técnico y lo es, pero caminar, por suerte, es mucho más fácil y gratificante.

Lo que muchos creadores ya sabían por pura intuición empírica, hoy lo explica la neurociencia. Beethoven, por caso, componía por la mañana y caminaba cinco horas cada tarde con un lápiz y una libreta en el bolsillo. Tan mal no le fue, ¿no? Entonces, ya sería hora de ir apagando la pantalla, levantarse de la silla y encender el cerebro.

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