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EDITORIAL

Proteger la infancia en la era digital, un debate que Argentina debe asumir

Por Redacción Diario de Cuyo 28 de julio de 2026 - 06:00

La decisión adoptada por el Parlamento de Francia de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 15 años y restringir el uso de teléfonos celulares en las escuelas secundarias constituye un hito en la discusión internacional sobre el impacto que las nuevas tecnologías ejercen sobre la infancia y la adolescencia. La medida, impulsada por el presidente Emmanuel Macron y respaldada por una amplia mayoría legislativa, refleja una creciente preocupación por los efectos que la hiperconectividad produce en el desarrollo emocional, intelectual y social de las nuevas generaciones.

Lejos de tratarse de una actitud contraria al progreso tecnológico, la iniciativa francesa reconoce que el uso indiscriminado de las plataformas digitales ha dejado de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en un problema de salud pública, de educación y de convivencia. Las redes sociales ofrecen enormes posibilidades de comunicación y acceso a la información, pero también exponen a millones de jóvenes a contenidos violentos, desafíos peligrosos, desinformación, ciberacoso y mecanismos de dependencia que afectan seriamente su bienestar.

No resulta casual que la ley haya cobrado impulso luego de las demandas presentadas por familias que atribuyen a contenidos difundidos en TikTok una influencia determinante en suicidios de adolescentes. Más allá de que cada caso presenta múltiples factores, la acumulación de evidencias científicas acerca de la incidencia de determinadas plataformas sobre la salud mental juvenil ha llevado a numerosos gobiernos a revisar los límites entre la libertad digital y la obligación del Estado de proteger a los menores. Las cifras oficiales francesas son suficientemente elocuentes. Uno de cada dos adolescentes permanece entre dos y cinco horas diarias frente a la pantalla de un teléfono celular y casi nueve de cada diez jóvenes utilizan internet todos los días a través de esos dispositivos. Se trata de hábitos que inevitablemente repercuten sobre la capacidad de concentración, el rendimiento escolar, el descanso, la vida familiar y las relaciones interpersonales. La experiencia francesa no es un hecho aislado. Australia ya avanzó en una legislación similar y varios países europeos estudian adoptar restricciones equivalentes. Esta coincidencia demuestra que las democracias más desarrolladas han comprendido que el desafío consiste en compatibilizar la innovación tecnológica con la protección de los derechos de la niñez. Nadie propone eliminar internet ni impedir el acceso al conocimiento, ya que la propia ley francesa excluye de la prohibición los sitios educativos, científicos y las enciclopedias digitales.

Argentina no debería permanecer ajena a este debate. Nuestro país enfrenta problemas semejantes, con niños y adolescentes que pasan varias horas diarias conectados a plataformas cuyos algoritmos privilegian el entretenimiento permanente por encima del aprendizaje y la interacción social saludable. Esperar que las consecuencias se profundicen para recién entonces actuar sería una actitud tan tardía como irresponsable. Toda regulación requerirá consensos, controles eficaces y respeto por las libertades individuales. Sin embargo, cuando la evidencia demuestra que el desarrollo integral de millones de menores puede verse comprometido, el Estado, las familias y el sistema educativo tienen la obligación de intervenir.

La experiencia internacional marca un camino que Argentina haría bien en analizar con seriedad. Proteger a las nuevas generaciones frente a los riesgos del entorno digital ya no constituye una opción política: es una responsabilidad ineludible para preservar la calidad humana y el futuro de la sociedad.

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