Por Guillermo Dech - Psicólogo
"Sacate la careta": ¿Y si la careta soy yo? Por qué cuesta ser uno
Alguien saca una foto de su almuerzo, de un atardecer o de su cara y, antes de hacerlo, ya tiene la mirada puesta en la pantalla para ver quiénes la vieron.
No es orgullo, ni tampoco amor propio, sino más bien la necesidad de existir para la mirada del Otro.
Solemos pensar que formamos nuestra identidad desde adentro hacia afuera, como si uno naciera ya hecho e independiente y después se mostrara al mundo. El mecanismo real es exactamente el contrario: nos constituimos desde afuera. Es en el Otro (la madre, el padre, la familia, la cultura, Dios, etc.) donde encontramos la respuesta a las preguntas: ¿qué soy?, ¿qué lugar ocupo acá? Entonces, no es importante que yo sea, por ejemplo, obediente, sociable, valiente o malvado; lo importante y lo fundante es: ¿el otro lo sabe?
Porque hay algo que se juega entre el saber y la mirada: ¿desde dónde me miro para pensar que soy así?
Solemos confundir la mirada con la visión que sale de nuestros ojos, pero son cosas distintas. El acto de ver nos muestra en un rol activo: "Qué lindos rulos tenés", "Vi a María con Julián en el boliche"; mientras que, en la mirada, uno queda en un rol pasivo, es decir, siendo visto.
La mirada del Otro se internaliza y ya no hace falta una persona de carne y hueso que vea activamente con sus ojos. La mirada se instala adentro y no nos damos cuenta de ello. Hay un ejemplo que lo ilustra bien: alguien está solo en su casa y, aun así, cierra la puerta del baño cuando lo ocupa. No hay ninguna persona presente, pero algo en ese gesto dice que la mirada sigue ahí. Está sin estar, y me veo siendo visto.
El adolescente que se empilcha de cierta manera para que lo avale su grupo; el adulto que trabaja el doble para que su padre (vivo o muerto) finalmente lo reconozca; el trabajador que, cuando llega a la oficina, dice "Buen día": en todos estos casos está la misma pregunta: ¿me reconocen?, ¿soy lo que ellos esperan de mí?
Hay otro tema que, por decantación, se desprende de la mirada: la identidad. La identidad, el cómo nos vemos, es la consecuencia de cómo nos ven. Así, lo que luego sentimos como "yo mismo" pudo ser, al principio, lo más distante y externo a nosotros.
En nuestra vida, en todo momento y en todo espacio usamos máscaras (la de hija, padre, hermano, vendedora, galán, gimnasta, turista, etc.) y esas máscaras no las elegimos. Se forman en el encuentro con los otros, en cómo nos vieron, en lo que esperaron de nosotros, en los roles que fuimos ocupando. Si uno intenta quitarse todas las máscaras buscando una esencia verdadera debajo, ¿qué encuentra? Nada.
No hay una identidad previa que las máscaras vengan a cubrir. Es en la propia máscara donde puede estar la verdad, y no debajo de ella, "en lo profundo de nosotros", como suele decirse. Lo que mostramos al Otro no es necesariamente lo falso; puede ser lo más real que tenemos. La idea de que mostramos al Otro una fachada superficial funciona, más bien, como una defensa para mantener vigente la ilusión de que, en el fondo, hay una esencia, cuando en realidad no la hay.
Hay una escena que lo ilustra de manera muy clara. En la serie Breaking Bad, el protagonista camina con un bolso que contiene un millón de dólares en efectivo. Un policía lo detiene y le pregunta qué lleva adentro. Él responde, con toda calma: "Un millón de dólares". El policía se ríe y da por sentado que es una broma, una respuesta absurda, y lo deja pasar. La respuesta más honesta fue la que menos crédito tuvo, precisamente porque solemos buscar la verdad como algo profundo y escondido, y no como algo que está ahí, nítido en la superficie. En la máscara, en lo que se muestra sin pudor, puede haber más verdad que en lo que guardamos celosamente como nuestro "yo verdadero".
Pero entonces, ¿tiro todas las máscaras, todos los guiones de teatro con los que actúo cotidianamente?
El problema no es buscar ese reconocimiento, sino cuando ese reconocimiento se vuelve la única fuente de consistencia para nuestro modo de ser, cuando la máscara se hace carne. Lo que se propone, entonces, no es dejar de necesitar al Otro —lo cual resulta imposible—, sino establecer una relación distinta con las demandas que él nos plantea. Habitarlas sin quedar capturados por ellas y poder desear incluso cuando la mirada del Otro falla o carece de verdad.
La pregunta que vale la pena hacerse no es cuántos y quiénes me ven, sino: ¿qué veo yo cuando nadie me mira?