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EDITORIAL

Terremotos: una amenaza que persiste y ante la cual prevenir es la mejor respuesta

Por Redacción Diario de Cuyo 19 de agosto de 2026 - 06:00

Los recientes movimientos sísmicos registrados en Venezuela y Colombia volvieron a poner en primer plano una preocupación que, para San Juan, nunca debería desaparecer: la posibilidad de un terremoto de consideración. No porque exista una relación entre los fenómenos ocurridos en distintos puntos del planeta, sino porque nuestra provincia se encuentra asentada sobre una de las zonas de mayor peligrosidad sísmica de la Argentina.

Los especialistas han sido claros al señalar que no existen evidencias de una cadena sísmica mundial capaz de vincular terremotos producidos en lugares distantes. La sucesión de movimientos telúricos puede generar preocupación, pero no permite establecer una conexión global. La verdadera certeza, en cambio, es otra y resulta mucho más cercana. San Juan ha sufrido grandes terremotos y, por sus características tectónicas, volverá a sufrirlos.

El problema fundamental es que la ciencia todavía no puede determinar cuándo ocurrirá el próximo gran movimiento. Puede conocer las zonas de mayor peligrosidad, estudiar los antecedentes históricos, monitorear las placas tectónicas y mejorar permanentemente los sistemas de construcción, pero no anticipar con precisión el día y la hora en que la tierra liberará nuevamente su energía.

Por eso, la prevención adquiere una importancia decisiva. Esperar una predicción que todavía no existe sería una actitud irresponsable. La sociedad debe prepararse para convivir con una amenaza que no puede evitar, pero cuyas consecuencias sí puede reducir.

La actualización del mapa nacional de peligrosidad sísmica realizada por el INPRES en 2022 reafirmó la exposición de distintas regiones argentinas y ratificó que ninguna provincia está completamente libre de amenaza sísmica. San Juan aparece, junto con Mendoza, entre las áreas de mayor peligrosidad, particularmente en sectores donde la actividad tectónica es intensa.

Esta realidad debería tener una consecuencia concreta en las políticas públicas y también en los hábitos cotidianos. Construir con criterios sismorresistentes no puede ser una opción. Las normas deben cumplirse y controlarse rigurosamente. En cada hogar, además, resulta conveniente fijar muebles y estanterías, identificar lugares seguros y establecer un plan familiar de emergencia.

Una mochila preparada para las primeras horas posteriores a un terremoto puede marcar una diferencia importante. Agua, alimentos, linterna, radio, medicamentos y documentación básica deberían formar parte de ella, pensando en la posibilidad de atravesar entre 48 y 72 horas con dificultades para acceder a servicios esenciales.

La denominada conciencia sísmica debe transformarse en una práctica cotidiana. Países como Japón y Chile han demostrado que la preparación, los simulacros y la educación pueden reducir significativamente los riesgos. Una población entrenada sabe cómo actuar, evita decisiones impulsivas y facilita además la tarea de los equipos de emergencia.

San Juan no puede impedir que la tierra tiemble. Sí puede decidir cómo enfrentar ese momento. La historia ya dio suficientes advertencias y la geología ofrece pocas certezas, pero una de ellas es contundente. El próximo terremoto ocurrirá. La verdadera pregunta no es cuándo, sino si estaremos preparados cuando llegue.

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