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EDITORIAL

Una primavera en la que hay que dar a los jóvenes oportunidades, contención y esperanza

Por Redacción Diario de Cuyo 21 de septiembre de 2026 - 06:00

La llegada de la primavera trae consigo una sensación de renovación que trasciende lo estrictamente climático. El frío comienza a ceder, los días se alargan, aparecen las flores y la naturaleza recupera colores que parecían dormidos. Astronómicamente, la estación comienza con el equinoccio, cuando el día y la noche tienen una duración casi equivalente. Pero, culturalmente, la primavera representa mucho más: es la estación de la vitalidad, del crecimiento, de los proyectos y, especialmente, de la juventud y el amor.

No es casual que su llegada coincida tradicionalmente con el Día del Estudiante. Cada septiembre, plazas, parques y espacios abiertos se convierten en escenarios de encuentros, música y festejos. La primavera parece hecha a medida de los jóvenes, porque expresa simbólicamente esa etapa de la vida en la que todo parece posible y el futuro se presenta como una promesa todavía abierta.

Sin embargo, la primavera de este año obliga a mirar más allá de la celebración. Detrás de la alegría de los encuentros existe una realidad juvenil atravesada por dificultades económicas, laborales y sociales que condicionan seriamente la posibilidad de construir un proyecto de vida. Estudios recientes de la Universidad de Buenos Aires señalan que casi el 49% de los jóvenes de entre 18 y 29 años se encuentra en condiciones de vulnerabilidad. La precariedad de los ingresos, las dificultades habitacionales y los obstáculos para acceder a un empleo o continuar los estudios hacen cada vez más difícil alcanzar la autonomía.

A ello se suma un dato particularmente preocupante del Observatorio de la Deuda Social de la UCA: apenas el 14,2% de los jóvenes de entre 18 y 25 años accede a un empleo formal. Para muchos, el camino queda reducido a la informalidad, las changas, el desempleo o la inactividad. También crece el universo de quienes no estudian ni trabajan y, más grave aún, una parte de ellos ha dejado de buscar empleo. La resignación frente a un esfuerzo que no siempre garantiza movilidad social constituye una señal que no debería ser ignorada.

En paralelo, la salud mental aparece como otra preocupación de enorme magnitud. Ansiedad, depresión, riesgo de suicidio y nuevas formas de adicción, como las apuestas online, forman parte de un escenario que exige prevención y acompañamiento. El dinero digital facilita además conductas de juego difíciles de detectar hasta que aparecen el aislamiento, la angustia o las deudas.

Por eso, celebrar la primavera también debe significar cuidar a los jóvenes. La familia y la sociedad deben escuchar su malestar sin confundir frustración con falta de voluntad. La juventud necesita oportunidades concretas, pero también contención, orientación y esperanza. Que esta primavera no sea solamente una fiesta del presente, sino una responsabilidad colectiva por el futuro de quienes deberán construirlo.

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