Muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?" Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?" Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios" (Jn 6,60-69).
Nos encontramos en el epílogo de la larga discusión entre Jesús y los judíos. El discurso sobre el pan material atrae a multitudes entusiasmadas. El discurso sobre la fe y la eucaristía provoca el abandono y el fracaso: "Muchos discípulos se alejaron de él, y dejaron de acompañarlo". Sin embargo, Jesús abandona el primer discurso y se detiene en el segundo. El evangelio es ante todo un mirar hacia lo alto. Ser cristiano significa creer, no murmurar. Las palabras de Jesús: "Yo soy el Pan vivo bajado del cielo" crean una ruptura. Ser discípulo implica hacer un camino detrás de él. No creer significa emprender otros caminos: los discípulos "dejaron de acompañarlo"(6,66). La caída de Adán en el paraíso y de Israel en la tierra prometida es la incredulidad ante el don. Lo que escandaliza a los discípulos es el que haya "bajado" en la Encarnación y se haya quedado en el Pan de Vida sin fin.
Hace una semana celebramos la gran fiesta de la Asunción de María al cielo, y hoy leemos en el Evangelio estas palabras de Jesús: "¿Los escandaliza que diga que soy el Pan vivo bajado del cielo? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?" (6,62). No se puede permanecer indiferente ante esta correspondencia que gira alrededor del símbolo del "cielo": María fue "elevada" al lugar del que su Hijo había "bajado". Jesús se presenta como el "pan vivo", esto es, el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de comunicarla a quien come de él, el verdadero alimento que da la vida, que nutre realmente en profundidad. Jesús dice: "El que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51). ¿De quién tomó el Hijo de Dios esta "carne" suya, su humanidad concreta y terrena? La tomó de la Virgen María. Dios asumió de ella el cuerpo humano para entrar en nuestra condición mortal. A su vez, al final de la existencia terrena, el cuerpo de la Virgen fue elevado al cielo por parte de Dios e introducido en la condición celestial. Es una especie de intercambio en el que Dios tiene siempre la iniciativa plena, pero, como hemos visto en otras ocasiones, en cierto sentido necesita también de María, del "sí" de la criatura, de su carne, para preparar la materia de su sacrificio: el cuerpo y la sangre que va a ofrecer en la cruz como instrumento de vida eterna y en el sacramento de la Eucaristía como alimento y bebida espirituales. Cuando comulgamos y respondemos "Amén", allí estamos dando nuestro "sí" a Dios, dándonos cielo mientras peregrinamos en la tierra.
La pregunta: "¿También ustedes quieren irse?", no indica sólo que los Doce quedan libres de seguir a Jesús o no. Ese interrogante tiene el valor de "test". La respuesta de Simón Pedro, en plural, en nombre de todos ellos, es una solemne profesión de fe: "¿Señor, a quien iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios" (6, 69).
Dios quiera que nunca nos falte esa nostalgia por Jesús. La Madre Teresa fue una santa profundamente eucarística. La Eucaristía era el corazón de su vida, de su espiritualidad. Decía a las religiosas: "Jesús en la Eucaristía y Jesús en los pobres, bajo las especies del pan y bajo las especies del pobre, eso es lo que hace de nosotras contemplativas en el corazón del mundo". En la base de la espiritualidad de la Madre Teresa estaba el sagrario. Las religiosas comulgan todos los días y todos los días hacen una hora de adoración eucarística. Hasta 1973, la adoración al Santísimo Sacramento tenía una periodicidad semanal pero, tras el capítulo general del aquel año, se decidió realizarla todos los días. Desde entonces, la Madre Teresa pudo comprobar que la vida de su congregación obtenía un gran beneficio de la adoración diaria: más vocaciones, más intimidad con Dios, más amor misericordioso por los pobres.
