Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: "’Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaban orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "’Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” .
La liturgia celebra hoy la fiesta del Bautismo de Jesús en el río Jordán. El evangelio de este domingo nos presenta, por así decirlo, la primera manifestación pública del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento, y es la mejor ocasión para reflexionar más detenidamente sobre su misión. El Espíritu Santo no debe ser para nosotros, "’el gran desconocido”. ¿Qué es la vida cristiana sin el Espíritu Santo? Es un matrimonio sin amor, una flor sin perfume, un cuerpo sin vida. Miguel Ángel nos ha dejado, tal vez sin quererlo, una de las representaciones más eficaces del Espíritu Santo en una pintura célebre que se encuentra en el techo de la Capilla Sixtina. Dios Padre extiende el dedo índice de su mano derecha, lleno de energía, hacia Adán que yace en tierra, lánguido e inerte. A través de ese toque, Adán recibirá la fuerza para ponerse de pie y llegar a ser "’un ser viviente”. "’Dedo de Dios”, o "’fuerza del dedo de la derecha de Dios” como lo denomina el célebre cántico "’Veni Creator”, es uno de los nombres que la Sagrada Escritura le asigna al Espíritu Santo (cf. Lc 11,20). Por medio de él, es que nosotros recibimos la gracia divina que nos hace vivir. Lo expresa de modo claro el Salmo 104,30: "’Si envías tu Espíritu, todo es creado, y renuevas la faz de la tierra”.
Para descubrir quién es el Espíritu Santo, el camino más simple es partir de lo que afirmamos cada vez que recitamos el Credo niceno constantinopolitano: "’Creo en el Espíritu Santo que es Señor y dador de vida”. En estas palabras se encierra lo esencial de nuestra fe en la tercera persona de la Santísima Trinidad. El título de "’Señor”, indica lo que el Espíritu Santo "’es”: Dios de la misma naturaleza del Padre y del Hijo. La expresión: "’que da la vida”, subraya lo que el Espíritu Santo "’hace”. ¿Pero en qué sentido nos da la vida? ¿No nos la dan nuestros padres biológicos? Sí, la vida natural, o del cuerpo nos la dan nuestros progenitores, pero la vida sobrenatural no la pueden dar ellos. Nos la otorgado Jesucristo con su muerte de cruz. Por eso es que puede decir a Nicodemo: "’Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 5).
La primera condición para obtener el Espíritu Santo es por tanto, renacer por el agua y el Espíritu, es decir, recibir el bautismo. Así pues, partiendo del bautismo de Jesús, pasamos a hablar de nuestro bautismo. El día de Pentecostés, Pedro dijo a la multitud: "’Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo” (Hech 2,37). El bautismo es la puerta de ingreso para alcanzar la salvación. Jesús mismo lo afirma en el Evangelio: "’El que crea y se bautice se salvará” (Mc 16,16). A esto cabe precisar que los niños muertos sin bautizar, al igual que las personas que han vivido fuera de la Iglesia, sin culpa de ellos, y siguiendo los dictámenes de la recta conciencia, pueden salvarse. Algunos se han interrogado: ¿los niños que no han recibido el bautismo, van al limbo? A esta pregunta hay que responder indicando que hay que olvidar la idea del limbo. Esta doctrina que ha sido común durante siglos y que Dante la ha recibido en la "’Divina Comedia”, no ha sido nunca oficializada y definida por la Iglesia. Se trata de una hipótesis teológica; es decir, una tesis secundaria al servicio de una verdad que es absolutamente primaria para la fe: la importancia del bautismo. Éste, jamás fue y no será nunca algo accesorio a la fe católica. El niño no nacido y no bautizado se salva y va a unirse inmediatamente a la multitud de los bienaventurados en el cielo. La suerte de ellos no es distinta a la de los Santos Inocentes que hemos festejado tres días después de la Navidad. El motivo de esto es que Dios es amor y quiere que todos los hombres se salven, e incluso Cristo murió y resucitó también por esos pequeños.
