La crujiente carretela se ha detenido en esta puerta. Los sifones de La Herculina aún tiritan. Ya golpea el sodero las puertas del pasado y mi madre sale a decirle que deje dos cristales de luna en la mesa.
"Le aseguro que esta vez la leche no se le va a cortar”, gime con acento cordobés el lechero, mientras apoya en su pierna el tacho de aluminio desde donde la leche busca el jarro, manantial y nieve. La mañanita del sábado lo ve cargar su lata en la chata Ford T, sin imaginar siquiera que un día iba a sucumbir ante la tecnología, así como el almacenero tendría que guardar en algún vericueto del tiempo la puruña y el papel de estraza. Ha desaparecido el olor de almacén, ese habitante señorial que entregaba la yerba mate suelta, el azúcar moreno en grandes recipientes de madera bajo el mostrador, la harina que se pegaba a la cuchara enorme, el arroz escurridizo y el noble pan caliente.
El afilador afila la tardecita que se muere de amor en sus manos nobles. Estoy de frente a las primeras sombras que se meten de polizontes en la canchita frente a mi casa. La pelota de trapo se nos hace esquiva entre suspiros y duendecillos negros, para perderse entre yuyos altos.
Aprovechemos el brazo final del Sol desfalleciente para tirar contra la pared de adobes, donde la luna rueda abrazada a los ídolos del fútbol, las figuritas que, de ajadas que están, no llegan a destino. Las muchachitas entrelazan las rondas en sus deditos de nardo, para que el escape del día se endulce en valsecito triunfal. No es cierto que nada de eso haya quedado. ¿Para qué sirve el recuerdo, sino para acorralar olvidos y reencarnar historias?
Chau, don… ¿Cómo se llamaba? Su figura se me hace cruz en las remembranzas, conociendo que una mañanita de febrero tiró la vida al agujero del arma que le quedó de la guerra. ¡Ya vamos, mamá! ¡Todavía hay luz en la canchita! Las rodillas vuelven percudidas de vida en pulso y niñez flor. ¿Cómo hace, Doña Encarnación, para cruzar la tarde con esa mirada dulce, si ayer mismo el hijo se le fue a tierras lejanas? ¿Te acordás, hermano, los estallidos de la chaya en la esquina de Libertador y Victoria, donde también una muchedumbre festejara la destitución de un presidente? ¿Y cuando los muchachitos jugábamos al anillito con el único fin de que una mano de niña nos dejara entre las nuestras una ilusión? Nada se nota igual, pero en el fondo del alma es lo mismo. El viento vuelve para reencontrarnos en los potreros de la vida.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
