El culto popular a un niño denominado cariñosamente "San Juancito de Realicó", constituye una de las varias historias poco conocidas, ocurridas en el interior de nuestro vasto país. Es una veneración popular, que posee los atributos típicos de estas figuras sublimadas por el pueblo, como también sus particularidades. Se trata en este caso de la trágica historia de un niño, sucedida hace más de 100 años, llamado Juan Cravero, de origen italiano.

El pequeño nació casi al iniciarse el Siglo XX, en la localidad de Elortondo, al Sur de la provincia de Santa Fe. Sus padres, oriundos de la provincia itálica de Torino, constituyeron una de las numerosas familias de colonos, llamados itinerantes, llegando a nuestra tierra en 1882. En la mencionada provincia nació Juancito. La familia se marchó de acuerdo a las posibilidades laborales ofrecidas, instalándose en varios lugares, como Estación Díaz, Estación Laguna y finalmente en un pequeño pueblo llamado Italó, en Córdoba.

El matrimonio tuvo 13 hijos en total, todos robustos y sanos, menos Juancito, quien desde los 5 años exteriorizó una serie de enfermedades, quizá no muy conocidas en aquella época, y que al parecer era una especie de raquitismo crónico. Sin embargo sus padres y amigos, según las crónicas orales y escritas, expresaban "que estaba enfermo de tristeza", calificación que generó en el niño una suerte de piedad y contemplación alrededor de su existencia. De esta manera el alma colectiva se conmocionó y le otorgó a este inocente una especie de santidad en vida.

A medida que pasaba el tiempo, su dolencia iba en aumento. Se cuenta que lo vio un médico, otro y otro, pero nada pudieron hacer por él. Llamaba la atención los gestos del niño, con su cara preocupada y sus brazos cruzados sobre su pecho, con la mirada lejana o distraída, también se negaba a ingerir alimentos y medicinas. Según un relato contemporáneo a su vida, una noche mostró una leve recuperación. En esos momentos su madre y uno de sus hermanos que lo cuidaban, se quedaron dormidos por el cansancio. Habría pasado un cuarto de hora, cuando despertaron, y observaron tristemente que el niño había muerto.

Se realizaron los rituales mortuorios, asistiendo todo el pueblo, hondamente afligido. Luego del amargo trance su grupo familiar se trasladó a la localidad pampeana de Realicó. En este lugar su padre comenzó a experimentar unas especies de visiones de su hijo, quien le solicitaba que trasladasen sus restos al lugar donde vivía su familia. Igualmente estas "apariciones" la experimentaron vecinos que conocieron bastante a Juancito y sus propios hermanos. Ya para ese entonces la gente asistía a su tumba a "pedirle favores", encenderle velas y dejarle flores.

Finalmente la autoridad competente autorizó el traslado de sus restos, en agosto de 1909, realizándose el cortejo el 10 de ese mes. Se cuenta que fue imponente, pues se formó una gran procesión formada por jinetes, carros, toda gente del pueblo, incluso de provincias vecinas. Este cortejo partió rumbo a Realicó, donde ya se había erigido una especie de capilla, en la que se dejarían sus restos. Así se forjó un significativo culto, que en aquellos años contó con miles de promesantes, se corrió la voz de su fama de milagroso, y hasta se compuso un sainete en honor a Juancito.

(*) Magíster en Historia.