Hace un año se producía la mayor debacle financiera desde la Gran Depresión de 1929. El cuarto mayor banco de inversión del mundo quebró el 15 de septiembre de 2008 con deudas que originaban el mayor agujero financiero de la historia.

Desde entonces, se ha cobrado una factura equivalente al casi el 20% del valor de toda la producción mundial, en forma de planes de estímulo económico y pérdidas que comenzaron a incubarse en 2007, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esa cifra supone 8321 euros por cada hombre, mujer y niño de los países ricos. El terremoto Lehman paralizó los mercados mundiales de crédito y forzó a los gobiernos a actuar. Las inyecciones públicas al sector se multiplicaron, lo mismo que las medidas para garantizar los depósitos de los clientes. La crisis impactó en la industria automotriz, con suspensiones de pagos de gigantes como General Motors o Chrysler, y en la construcción.

Un año después del colapso, pese a que el FMI vaticinó una crisis profunda y duradera, organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) comienzan a detectar mejoras; son los famosos "brotes verdes" que mencionó por primera vez en marzo pasado, el presidente de la Reserva Federal de EEUU, Ben Bernanke. El pánico generado hace un año no dio lugar a otro 1929, porque el mundo ha aprendido que, aunque a algunos no les guste, la economía de mercado es el sistema más eficaz para crear riqueza, pero precisa de la acción correctora del Estado. La cobertura social de pensiones o seguros de desempleo, no existía hace 80 años atrás.

La duda es si la recuperación será rápida o lenta, marcada por la necesidad de reducir el enorme endeudamiento de la larga etapa de bajos tipos de interés. Eso, seguramente, será tema de la cumbre del G-20 en Pittsburg (EEUU) a partir del próximo 24. La crisis también ha hecho que tras un mundo en el que solo los países más ricos, el G-7, marcaban las pautas, cobren protagonismo economías como China, Brasil, México o Sudáfrica. Un año después, el mundo parece haber evitado otra gran depresión. Esto es positivo para el bienestar social y la estabilidad política, pero sólo las naciones que actúen con inteligencia serán las que mejor se adapten a una situación nueva, que todavía tiene serios interrogantes.