En la vasta Latinoamérica un clamor esplendoroso convoca a fundar un tiempo nuevo en el marco expuesto para la integración que impulsa el debate y conclusión que nutren el reciente congreso de ciencia política y el de cultura, próximo a realizarse, donde confluye el elevado pensamiento de la intelectualidad regional. Ante la realidad insoslayable los gobiernos con vocación democrática del continente no pueden desentenderse de este proceso histórico que requiere del concurso organizado de los pueblos. El escenario global vislumbra la oportunidad histórica para construir el gran bloque latino en América, que debe hacerse por convicción, pero también por necesidad y conveniencia, para que de la estupidez no se cebe el casual adversario o empecinado enemigo. La conjunción de materia gris está sosteniendo el pensamiento del tiempo por venir. Será tarea de todos promover el acto inteligente de la voluntad hacedora para realizarlo.
Como paradoja costumbrista de un discurso envolvente, de rueda en rueda se hace carne en distintos ámbitos donde pergeña el pseudópodo de la política que mella el quehacer cultural, dando rienda suelta a determinados discursos y vocablos ensamblados en ambigua contradicción, que si bien no confunden al ciudadano preocupado por su acumulación cognoscitiva, conllevan esa intencionalidad aviesa que destruye la esencia de la excelsa ciencia del ser politicón, que es proficua en la medida que se sostiene en su ser cultural. Para descubrir la luz de una realidad y poder transformarla se requiere, eminentemente, de claridad conceptual para adentrarse idóneamente en ella.
Sin embargo, contrariando el presagio pesimista de la sociedad sin objeto, crecen con buen auspicio los foros de ciencia política y de cultura actividades inherentes por ligazón evolutiva, que inscriben desde la prédica de sus expositores, conclusiones con notable influencia en miles de ávidos participantes. Consecuentemente, el resultado que surge de la confluencia de la idea y el pensamiento moldea un perfil que en lo mucho o en lo poco, incide en los organizadores y copartícipes. La valía y responsabilidad de los expositores labran la palabra constructiva de estos referentes que reciben el nombre de politólogos y gestores o profesionales de cultura. Ellos son estudiosos de las distintas dimensiones empíricas de la política y del desarrollo cultural, analistas de lo observable de las personas y las sociedades. Su formación científica y ética contribuyen a darle el fundamento valorativo que desde la firme convicción pueden enfrentar las vicisitudes que les presenta su propia elaboración intelectual y superarlas para trasladar su prédica accesible, sin animosidad al agravio ni al engaño, conocedores del amplio espacio receptivo que se enciende en llama votiva para que eche a andar. La palabra rectora situada en el estrado de la sapiencia y erudición, traslada con elocuencia la clase magistral al escenario inmediato que se descentraliza para su tratado, para el análisis y la síntesis haciendo gala cartesiana en centros de estudio, primer reservorio irrevocable de tan exquisito acopio de materia gris. La lógica y el sentido común trasladarán asimilable y entendible desde el Estado a las distintas sociedades y pueblos de la región parte, en las formas y modos convenidos o por cuerda separada. Como actos de gran difusión y públicos no hay que temer al ocultismo ni al cofre encerrado en el cajón. Estos actores sociales que recuperan su distinguida relevancia en los últimos tiempos en virtud de la democracia, son generalmente, dueños de una autoridad intelectual y moral suficiente y necesaria para explicar y educar, no sólo el oído y mente contemporáneos, sino que albergan la capacidad de vislumbrar también el camino a desandar con la persistente idea de que la posta servirá al caminante del mañana. De ahí el trascendente rol que cabe a quien se florea al decir de Jean Bodín, de la mano de "la princesa de las ciencias", o al decir de Ortega y Gasset, "cultura es el sistema vital de las ideas en cada tiempo". El pensamiento de estos expositores tiene el rasgo que no envejece y en su crecimiento, suelen hablarnos como filósofos, camino vital por donde transcurre la vida. Contemplando la diversidad, en su camino hacia la integración podrá excluirse la aculturación por darse de manera forzosa o impuesta, pero deberá admitirse para toda planificación política de la magna perspectiva, por lo menos tres cambios culturales que se sucederán irremediablemente: La enculturación relacionado con la culturización del individuo; la transculturación, fenómeno que permite la adopción de formas culturales provenientes de otros grupos sociales y la inculturación que se da cuando la persona se integra a otras culturas. En esta simbiosis podremos definir con mayor precisión y con la dinámica del tiempo, alternativas referentes a una cultura latinoamericana que albergue rasgos que le unifiquen en su identidad. Las notables eminencias que asisten a estos congresos para inscribir su pensamiento, en la noble misión que les faculta su intelectualidad, poseen la capacidad para apreciar primero, interpretar luego, y explicar después, cuando se instala la gran asamblea.
