En los últimos años se ha producido una tendencia preocupante en nuestro país, y es la creciente falsificación de medicamentos, de modo particular, los destinados a combatir enfermedades en las cuales el fracaso del tratamiento puede ser cuestión de vida o muerte.
Antes había una falsificación grande de comprimidos de venta masiva, como los analgésicos, pero hoy se tiende a la adulteración del contenido de medicamentos de alto costo, como los oncológicos, los antirretrovirales o los que se usan para la hemofilia. Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que más del 50% de los medicamentos que se venden en Internet son falsos o no reúnen mínimos criterios de calidad.
Ante el hallazgo de un producto adulterado, las empresas farmacéuticas se ven obligadas a retirar todo el lote de ese producto que se encuentra en el mercado, ya que en la modalidad actual los productos adulterados presentan el envase original o un envase que contiene un número de lote de un producto real. La respuesta de la industria farmacéutica ha sido la implementación de sistemas de trazabilidad, que mediante etiquetas especiales inviolables contienen un código que permite seguir el camino de cada unidad desde que sale de la fábrica y hasta que llega al paciente.
Los medicamentos falsos representan un problema de salud pública porque su contenido puede ser peligroso o porque pueden carecer de principios activos. Un comunicado de la OMS estima que los medicamentos falsos representan entre el 1% y el 30 % del mercado, según el país. En la Argentina, si bien no existen estadísticas oficiales, se estima que es falso entre el 5% y el 10% de los medicamentos.
Por sus particulares connotaciones, la falsificación de medicamentos configura uno de los crímenes más repudiables que pueden perpetrarse en el campo de la defraudación comercial. Si bien gran parte de los medicamentos falsos son comercializados por medio de circuitos no formales, existen fundamentadas sospechas de que tales maniobras son llevadas a efecto, en muchos casos, con la complicidad de farmacéuticos deshonestos. Abundan las razones, pues, para avalar la aspiración de que estos delitos sean esclarecidos con la mayor premura. El recrudecimiento de esta gravísima modalidad delictiva debería movilizar todas las reservas morales de la sociedad.
Ningún sector de la comunidad debe permanecer ajeno a la apremiante necesidad de hacer frente, con firme decisión y espíritu solidario, a esta delincuencia solapada e inhumana.
