Me parece que fue un sábado de una mañana fría. Vos venías del potrero con las manos embarradas de vida rústica, de tiernos sueños de apenas diez años. Cabecita rubia, trigal encendido, yuyales de invierno. Nosotros, unos cuatro o cinco chicos y otros tantos grandes, caímos a la humilde casita de El Médano de Oro como peludos de regalo. El tío Antonio, tu padre, nos recibió con un apretón de mano ajada. Jamás olvidaré el contacto con ese terrón reseco al que ya le era imposible recuperar lozanía; eran muchas mañanas de julio brutal conduciendo la vida gris tras el arado. Vos, querido primo, nos mirabas con curiosidad, y creo que fue ahí que te descubrí la tristeza, esa tortolita caída que parecía gemir en tu rostro.

Esa mañana no hubo secretos. Todo fue cordial, simple, natural. Lo primero que pensé cuando tu madre invitó a comer a semejante comitiva, fue cómo iba a hacer para atender tanta gente. Sin embargo, la tía María ordenó a una de tus hermanas ir al gallinero y traer docena y media de huevos y a la otra cortar habas. Y así hizo una enorme tortilla en el sartén. Y tu padre cortó en fetas un jamón del año pasado. Y el postre fue unos duraznos en conserva que bajaron en frascos de la alacena verde y destartalada. Y la vida se hizo luz.

Y los años pasaron hasta que te volví a ver. El humilde gorrión que correteaba potreros de El Médano ya era ingeniero. Pero parece que no eras feliz, porque en la cara se te notaba una sombra (me confiaste que no te podías adaptar al ruido de la ciudad).

Varias veces me visitaste en el estudio. Tu voz pausada era como que se había quedado aterronada en la melga de aquella finquita de El Médano. Yo te veía como transplantado a un suelo donde a tus sueños (barbechos azules) les era difícil dar frutos. Dicho en otros términos: acariciar la felicidad, como cuadra a toda existencia, que en esencia está hecha para la luz.

Joven eras, cuando, un día de esos en que uno se ve traspasado por el miedo y el naufragio, me llegó en una golondrina marchita la noticia de tu muerte. Pensé en tiempo de desconsuelo. Se me desparramaron en cruz todos los sauces de El Médano de Oro; se me lloraron todos los recuerdos. Las cunetas avejentadas de lunas frías, seguramente te estarían buscando, "Pelado”. En vano era recordar tu cabecita rubia describiendo trigales en potreros de ausencia. Seguramente, nada sería mejor que un respetuoso silencio para quien (en una de esas) se murió de tristeza porque no aguantaba el estrépito de las ciudades, alguien tan hecho a la medida de lo recóndito, de lo silencioso, de lo interior.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.