En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda. Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto'' (Mt 5,38-48).

 

Seguimos en el Monte de las Bienaventuranzas, donde Jesús está enseñando las nuevas normas del actuar cristiano, que deben superar a la que los escribas enseñan en sus escuelas. El domingo pasado había formulado su enseñanza con cuatro antítesis introducidas por la fórmula: “Antes se dijo, pero yo ahora les digo”.  Se referían al homicidio, al adulterio, a la indisolubilidad del matrimonio, y al juramento.  Hoy, el discurso continúa respecto a otras dos antítesis que tienen por tema la ley del talión y la ley del amor practicada sólo con los connacionales.  La primera antítesis se refiere a la “ley del talión”: el “iustalionis” de los romanos, que consistía en infligir al reo el mismo daño (“talio”=herida) que él le había ejecutado a su víctima.  Era la aplicación de una justicia retributiva, equivalente a una justicia vindicativa.  Contrariamente a lo que se puede pensar, era una ley que antes que ser punitoria, ponía límites.  Procuraba limitar la sed de venganza, que en tiempos de barbarie podía ser ilimitada y causar daños desproporcionados.  La ley a la que Jesús alude era formulada así en el Código mosaico del libro del Exodo: “Si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente,mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (21,23-25).Era una ley feroz en su expresión que nuestra sensibilidad humana rechaza hoy.  Hay que advertir que la ley mosaica preveía atenuantes y la posibilidad de una indemnización en dinero como resarcimiento del daño.  Ya, antes de Cristo, Cicerón formuló en su obra “De officis”, un aforismo que dice: “Summumiussummainiuria”, advirtiendo que la aplicación de la ley al pie de la letra a veces puede convertirse en la mayor forma de injusticia. La justicia no es hacerle al otro, lo que éste le hizo a uno. Jesús corrige esta visión, sustituyéndola con la práctica del amor y del perdón.

 

El cristiano debe vencer el mal con el bien, superando el instinto vindicativo con la racionalidad desarmante del perdón, de la no violencia y de la generosidad ilimitada.Hay que cortarle el paso al malvado.  Al mal hay que prevenirlo antes que soportarlo. No podemos jamás, permanecer inertes como algunos quisieran y consentir para que cada malhechor perverso pueda hacer de las suyas. Pero no se debe responder al mal con el mal, sino al contrario: “Asegúrense de que ninguno pague mal por mal, más bien siempre traten de hacer el bien entre ustedes y a todos los demás” (1 Tes 5,15).  Pensemos en san Franciscocuando va a visitar al sultán de Egipto y Siria,Melek-El Kamil, en 1220,  éste se había armado hasta los dientes porque pensaba que el Pobre de Asís era un hombre violento, armado y guerrero.  Al ver a un simple fraile con su sayal y su cordón a la cintura, sin ningún armamento sino sólo con su cruz, decidió permitirle a él y a sus frailes predicar en territorio musulmán. Más aún, le regaló como signo de cordialidad, un presente de marfil, que hoy se puede observar en el Museo de la Basílica superior en Asís.

 

Poner la otra mejilla implica vivir desarmado y no originar miedo.  Jesús no propone la pasividad morbosa del débil, sino una iniciativa decidida e imbuida de coraje y firmeza. En el perdón, la clave radica en dar el primer paso. El cristianismo no es la religión de los esclavos que bajan la cabezay no reaccionan.  No es tampoco la moral de los débiles, que niegan la alegría de vivir, sino la religión de los hombres y mujeres libres, dueños de las propias elecciones, incluso ante el mal, para apagar el espiral de la violencia e inventar reacciones nuevas por medio del amor creador, que sobrepasa los planos, no paga con la misma moneda, y finalmente nos hace plenamente felices. Jesús afirma: “Está escrito: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo, pero yo les digo: amen a sus enemigos”. Toda la esencia del evangelio se encuentra aquí: ámense, porque de lo contrario se destruirán.  Si no se aman, la victoria será del más armado, del más cruel.  Hay que terminar con el refrán que dice: «La venganza y el cangrejo de río, se sirven en plato frío».La violencia crea cadenas que el amor las destruye.  El odio levanta muros y el amor construye puentes. Leía un artículo en el último número de la revista italiana “Panorama”, que el mundo de hoy tiene más barreras como nunca ha tenido en la historia moderna.  Dejando de lado obras históricas como la Gran Muralla China, hoy son más de 28.000 kilómetros de muros que dividen los confines entre las naciones.  Una extensión que supera ampliamente el doble de diámetro de la tierra.  Luego del 11 de septiembre de 2001, en el mundo se han construido 45 nuevos muros. 

 

El evangelio de hoy presenta seis verbos que piden actitudes difíciles: amen, recen, pongan, bendigan, presten, hagan.  No son preceptos, sino una nueva forma de ejercer un  poder que no es fuerza sino esfuerzo.  Dónde está el centro del cual surge todo?  En las palabras del evangelio de hoy: “Ustedes son hijos del Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos”.  Del Padre a los hijos: es la transmisión de una herencia de comportamientos, afectos, valores y solidaridad. Porque cada vez que pedimos a Dios un corazón nuevo, lo que pedimos es poder llegar a tener el corazón de Dios con sus mismos sentimientos y perfección.  La ley cristiana de la no violencia es ahora formulada por Jesús con tres imágenes extraídas de la vida concreta: poner la otra mejilla: algo humillante; el dar la túnica al que pide el manto: el despojo; la llamada “angeria”(del latín “angaria”) era una acción militar de prepotencia en el ejercito romano, que imponía marchas forzadas a servicio de las tropas romanas ocupantes. Jesús la emplea aquí para decir: “Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil”.

 

Las tres imágenes dicen que la no violencia cristiana no es pasiva e impotente acción de soportar la prepotencia de otros, sino el testimonio activo de un amor magnánimo que llega hasta el heroísmo.  Jesús lo ha practicado en los días de su Pasión, como recuerda Pedro: “Cuando le insultaban, no respondía con maldición; maltratado no respondía con insultos; cuando padecía, no amenazaba con venganza, sino que se encomendaba al que juzga justamente” (1 Pe 2,23). En el Antiguo Testamento el prójimo era el connacional, y el amor no pasaba mas allá de la raza judía.  En Qumran, los monjes esenios consideraban que todos los que no pertenecían a la secta de ellos, debían ser odiados (IQS 1,9).  Los paganos, especialmente los romanos, (“goim”= bárbaros), eran considerados perros inmundos que había que odiar, ya que eran idólatras y enemigos de Dios.  Jesús rompe toda barrera y derriba cualquier muro de separación (Ef 2,14). A partir de ahora, cualquier hombre o mujer es considerado un hermano o hermana de la que hay que hacerse cargo.  El primer signo de ese amor es la oración: “recen por sus enemigos”, porque la plegaria modifica el interior, los sentimientos y las actitudes. De ese modo nos pareceremos un poco más al Padre. En aquella época, la semejanza manifestaba la parentela en tiempos y lugares en los que no existía el examen de ADN.  Habrá quienes consideren a Dios como un enemigo, pero él no tiene enemigos sino sólo hijos y hermanos a amar.  Dirá el apóstol san Juan: “Nadie ha visto nunca a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de él es perfecto en nosotros” (1 Jn 3,13). Esto se complementa con lo que ya prescribía el libro del Levítico: “Sean santos porque yo, el Señor, soy santo” (19,2).  La perfección consiste en la integridad sin distinción ni división. Es la perfección del amor indiviso, que no excluye a nadie.

 

El Padre Pino Puglisi fue un sacerdote italiano de Palermo, asesinado por la mafia siciliana en 1993, el mismo día en que cumplía 56 años.  Su trabajo en las periferias y contra la droga, la prostitución y los negocios ilegales,  irritó a los jefes de la “Cosa Nostra”. El Papa Francisco lo beatificó el 25 de mayo de 2013, convirtiéndose así en el primer mártir italiano asesinado por la mafia.  El asesino declaró en la RAI lo siguiente: “Mientras estaba por dispararle, me sonrió.  En aquella sonrisa, improvistamente entendí que su bondad era más fuerte que mi maldad, y que el perdedor era yo”. Es que sólo el amor crea y recrea.

 

Por último, otros dos hechos ocurridos hace pocos días nos pueden iluminar también a este propósito. En una localidad italiana llamada Vasto, en la zona de los Abruzzo, el marido de una mujer que murió en un accidente de transito en el mes de agosto del año pasado, decidió llevar a término una venganza meditada desde entonces.  Siguió, esperó y mató finalmente al joven que protagonizó ese hecho doloroso.  Luego fue al cementerio y depositó en la tumba de su mujer Michela el arma.  Como quien coloca un ramo de flores, este hombre dejó allí el arma de fuego diciendo: “Te lo había prometido que no lo habría dejado vivir.  Lo maté”.  Por otra parte, del otro lado del océano, un hecho totalmente opuesto.  Es la historia de un sacerdote que trabajaba con delincuentes que estaban en una cárcel, en Florida, y uno de ellos lo asesinó.  El cura había sido amenazado de muerte por este muchacho. Como se lo veía venir, el sacerdote dejó una carta ante un escribano público, en la que decía: “No condenen a muerte al culpable de mi homicidio”.  El padre René Wayne Robert estaba convencido que ese joven lo mataría.  Actualmente 7000 fieles de la diócesis y tres obispos han firmado una  petición  para que el muchacho no sea condenado con la pena capital, ni aparezca la venganza en la tumba de un sacerdote misericordioso.

 

Estas dos historias que han sucedido casi al mismo tiempo nos muestran las dos caras de la moneda.  Un arma que destila humo de venganza sobre una tumba y una carta que expresa el perfume de la caridad sobre la vida de un joven.