Una fotografía de 1862 lo muestra con barba y bastón, en compañía de su gran amigo tucumano José Posse.

 

Don Domingo F. Sarmiento, siendo ya anciano, recordaba con notable lucidez hechos o vivencias de su fructífera vida. Un recuerdo y reconocimiento especial dedicó a sus amistades. Siempre manifestaba que la vida había sido generosa en él, en cuanto a la cantidad de amigos que tuvo. Todo este tema se refleja en sus escritos, cartas y notas. Sarmiento tuvo mucho de antropólogo, anotaba y discernía constantemente. De su infancia sanjuanina conquistó varios amigos. Uno de ellos fue José Ignacio Flores, muchacho integrante de aquella inquieta pandilla que perpetuó en sus escritos. La amistad entre ellos fue vitalicia. Otro amigo entrañable fue Antonino Aberastain. Cuando Sarmiento regresó de Chile el "mártir de La Rinconada'' lo auxilió y logró conseguirle trabajo. Años más tarde, su trágica muerte perturbó profundamente el alma de don Domingo, a lo que se sumaba el fallecimiento de su madre.


En Chile, durante su exilio, ganó importantes amistades, especialmente la lograda con José María Núñez y en menor grado con Joaquín Victorino Lastarria, ambos ilustrados chilenos. Domingo Soriano Sarmiento, aquel muchacho que crió y educó desde niño, fue otra de sus grandes amistades. Los historiadores dicen que lo consideraba su hijo mayor, y lo comparaba con Dominguito. Un compañero afectuoso de su vida fue el tucumano José "Pepe'' Posse, a quien en varias ocasiones le manifestó sus temores y penurias. Fue en 1861 cuando le escribió una patética esquela confesándole que ya se sentía descartado de la vida política. Igualmente compartía su agotamiento moral con Bartolomé Mitre, otro de los depositarios de sus secretos. En Asunción, donde transcurrieron sus últimos días, inició una notable relación con el representante argentino en el Paraguay, Dr. Martín García Merou.


Por último la investigadora Ana Zigón formula que Sarmiento envió una extensa carta a Aurelia Vélez, en la que le confiesa lo siguiente: "En medio de tantos desencantos y traiciones, me queda el consuelo de haber sido amado, como me amaron usted, su padre, Aberastain, Posse, Mary Mann y algunos otros...''. "El tiempo, la vida, habían ejecutado la implacable tarea de descartar nombres y afectos ocasionales de aquellos principales y profundos''.

 


Por el Prof. Edmundo Jorge Delgado  -  Magister en Historia.