Y en efecto, este tiempo tiene dos onomásticas francamente meditativas. Por una parte, celebramos el Día Internacional de la Madre Tierra (22 de abril); y, al día siguiente, aclamamos el deseo de despertar el alma a través de los libros, con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor (23 de abril). Vivimos en un periodo fascinante, pero también muy peligroso.
El ser humano se ha vuelto opresor. Domina la tierra a su antojo antes de haber aprendido a dominarse a sí mismo.
Se cree Dios, y en lugar de pensar en socorrer a su mismo hábitat y a su misma especie, utiliza el egoísmo, la altanería, como abecedario de sus andanzas, en vez de haber aprendido según la naturaleza, es decir, de acuerdo con la ética y la estética, o si quieren, con la moral y la virtud. Por eso, es tan importante interpelarnos y requerir árboles para el planeta y libros para el ser humano. Sólo así podremos avanzar.
En consecuencia, nos llena de alegría que el tema de este año tenga como objetivo plantar 7,8 millones de árboles en los próximos cinco años. No olvidemos que la ‘Madre Tierra\’\’ es una expresión común utilizada para referirse al planeta en diversos países y regiones, lo que demuestra la interdependencia existente entre los seres humanos, las demás especies vivas y el orbe en el que todos habitamos. Lo mismo sucede con los textos escritos, ha llegado el momento, no solo egoístamente de crear, también de compartir sabiduría y conocimiento, más allá de las fronteras y las diferencias, de las culturas y de los cultivos.
Indudablemente, los actos contra la naturaleza siempre pasan factura al ser humano. Si en verdad, por tanto, utilizásemos los libros como cauce comprensivo y de respeto, ya que ellos mismos encarnan la diversidad del ingenio humano, seguramente, veríamos en el gran libro del cosmos, esa sensación armónica que se respira en cada momento.
Sea como fuere, produce un inmenso dolor pensar que los seres humanos no escuchen a la creación, no se dejen entusiasmar por ella. Realmente, hemos perdido nuestra capacidad de asombro, de contemplación, de lucidez por lo verdaderamente espectacular. Somos tan insensibles, que nuestra propia vida humana, muestra una indiferencia total, ante algo tan noticiable como el acaparamiento de tierras, la deforestación, la apropiación de agua, los agrotóxicos inadecuados, que están poniendo a la comunidad rural en riesgo de extinción.
Idéntica situación viven las ciudades, cada día con menos espacios públicos, con menos parques y jardines, que hacen aún más difícil la convivencia. Confiemos en que la Conferencia de la ONU sobre la Vivienda y el Desarrollo Urbano Sostenible (Hábitat III), que se celebrará en Quito en octubre de 2016, sea una oportunidad para examinar un nuevo programa urbano que pueda aprovechar el poder y las fuerzas que impulsan la urbanización y movilizarlos en aras del bien colectivo.
La sociedad, sin duda, sería un libro perfecto si ciertamente nos iluminásemos unos a otros, desde la autenticidad y la libertad debida. Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología, sin que pueda nadie sustraerse a su influjo, subrayando la urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad.
Los progresos científicos por extraordinarios que sean, y el crecimiento económico portentoso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven más pronto que tarde contra todo ser humano.