Estados Unidos y Rusia firmaron el jueves último un histórico acuerdo encaminado a un mundo sin armas nucleares en el futuro, objetivo que sólo pueden emprender las potencias que cuentan con el mayor desarrollo de artefactos de destrucción total. La iniciativa, sin precedentes, fue promovida por el presidente Barack Obama, galardonado con el Premio Nobel de la Paz, quien el año pasado en el mismo Castillo de Praga, en la República Checa, prometió trabajar para eliminar la amenaza atómica que se cierne sobre la humanidad.

"Como única potencia nuclear que ha usado un arma atómica, Estados Unidos tiene la responsabilidad moral de actuar", dijo Obama el 5 de abril de 2009, sorprendiendo a la política exterior por la audacia de una gestión coronada ahora con la firma del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Start) con Rusia, la nación que equilibra el poderío destructivo. Por ello la trascendencia del pacto adquiere mayor relevancia por la aceptación sin condicionamientos del Kremlim, según observó el presidente Dimitri Medevev, aunque dejó interrogantes sobre la incomodidad de Moscú por el despliegue estratégico de EEUU en Europa.

Aquellas potencias enfrentadas en la Guerra Fría hasta la caída de la Unión Soviética, tienen ahora otra visión y más preocupante sobre las armas nucleares. Como dijo Obama, la amenaza más inmediata es que lleguen a manos del terrorismo, es decir la posibilidad de una una guerra atómica ha desaparecido, pero surge el temor de un ataque extremista de consecuencias irreversibles. El Start también puede ser un recurso disuasivo para Irán y Corea del Norte, entre otros países empeñados en contar con armas atómicas para el chantaje fundamentalista.