El propósito de confrontar como estrategia política se evidencia en dos hechos, o dos personas y enfrentarlas en discursos y declaraciones para restarles poder o trascendencia ante la opinión pública, el mayor juez de la civilidad. Por lo general se trata de restar méritos a través de mensajes o sugerencias y puede tener algunos efectos porque cuando el veredicto viene desde el poder mucha gente lo acepta sin reflexionar.

Ello hace mucho daño a un país, que azotado por la política -o mejor dicho por los olvidos y o la censura de la política- espera mejores momentos, buenas medidas y sobre todo un accionar justo desde el poder. Se confronta desde la tribuna pública, hecho que no siempre se corresponde con la justicia de las acciones y que puede llevar a equívocos difíciles de restaurar en una sociedad entre alterada e indiferente.

Sí, se confronta cotejando un tema con otro o se dice algo de una persona o cuestión para enfrentarla con otra persona o cosa y esto no es siempre una buena medida para una buena convivencia futura, más o menos cercana.

En estos tiempos de proclamas y polémicas constantes, la opinión tiene más fuerza que la verdad y ello no favorece la sustentabilidad de los mejores proyectos para una sociedad que necesita ir hacia un desarrollo real. Pero deberíamos preguntarnos qué pasa cuando se trata de imponer la confrontación desde arriba hacia abajo y hallaríamos varias respuestas. La primera es el mal que se le hace a la democracia.

Lleva a esta situación la falta de consulta a personas destacadas de diferentes partidos políticos y de instituciones que trabajan para el bien público, organizaciones que la gente respeta y también ayuda de distintas maneras. Este último ejemplo es lo opuesto a la perjudicial confrontación que persigue a los ciudadanos bien pensados. Hay un concepto que garantiza algo al decir que "es mejor confrontar la realidad que engañarse”. Del mismo modo que cuando la oposición sólo actúa para paralizar u obstaculizar.

Y deben ser innumerables los daños que se ocasiona a la sociedad cuando se confronta desde la dirigencias principales de la política. No debe ser causalidad que la Real Academia Española utilice siete maneras para calificar estas actitudes. Estos adjetivos son: altanero, soberbio, valiente, alentado, brioso, gallardo y airoso. Pero no está en juego el poder aunque tal vez estas estrategias verbales puedan estar marcando su vulnerabilidad.

Si en la actualidad se van advirtiendo estos artilugios pueda ser que quienes gobiernen o ejercen la conducción política de partidos lo hagan, desde ahora, con sensatez y patriotismo.