"...Llevo en la nostalgia imágenes de boliches a los que nunca entré; que aguaité receloso desde afuera...".

 

Territorio mal visto, si los hay, desprestigiado por malas lenguas. No hablo de la acepción actual, hablo de un lugar para tomar un trago, jugar un truco, juntarse con amigos, pasar el rato con poca plata.


Llevo en la nostalgia imágenes de boliches a los que nunca entré; que aguaité receloso desde afuera; de los que podría contar historias que posiblemente no ocurrieron; sombríos cuartos de mostrador tembleque de tantos sueños quebrados y amores lagrimeados en copas amargas; sitial donde un hombre imperturbable gana sus monedas administrando el vino alegre de los tristes.


Algunas veces entré a esos de barrio o de campo a comprar pan, ese robusto terrón de melga amasado en madrugadas de frío y moderadas esperanzas, criollo regazo del hambre y la solidaridad, historias de nuestros padres y abuelos que hoy siguen por la vida de los humildes pueblitos de nuestra patria. 


En una esquina de zanjón y pájaro bobo, una lucecita vacilante mece los escondrijos de la noche. A los dos escaloncitos de ladrillo mal cocido se le ha tirado la sombra de un perro delgadísimo a juntar herrumbres y soledades. Un hombre de ceniza entra y se sienta en una de sus dos mesitas de álamo desvencijado. Una cortina de percal floreado colgada de un alambre flamea. Al fondo de esa piecita que es su único sitial donde reinan palabras dichas por lo bajo y relumbrar de vasos, una niñita llora vaya a saber por qué. Un gato flaco como la última voz de un hombre pasa hacia cualquier parte sin pena ni gloria.


Por el callejón, la carretela se lleva a tientas, de memoria, la historia gastada de un hombre sombrío. ¡Truco!, grita un muchacho golpeando su juventud con sus manos terrosas en el pecho de la mesita despareja. Dos o tres carcajadas ajan la paz nocturna.


Al viento del sur lo tropean cabalgatas de incipiente lluvia descolgada en rayones de azul. La luz del boliche titila, llorar parece, corazón de luciérnaga final, palabra dicha para no ser escuchada, bastión de timidez; pero toda la noche quedará así, aunque en el corazón de ese recinto humilde se hayan marchado los naipes y las toses y el perro se haya retirado a buscar el alba.


La luz del boliche lucha por no morir. Ha de quedar como un cigarro del viento, hasta que el alba retorne en el confuso anuncio de dos ladridos, y la disuelva en sus aspavientos de luz.