Borrosa como la pintura de un sueño, vuelvo a mí, pegadito a mi padre y a mi madre, con un pomo azul de goma en la mano, cuidando que el agua me dure todo el corso, ahí sobre la tribuna de la acera oeste de calle Mendoza, una noche bastante fresca. Si la memoria no me falla, creo que contamos con Hugo doce comparsas y ocho murgas. Con emoción me viene la imagen del viejito con un ramito de albahaca en la oreja y algo en la mano con lo que dirigía la marcha de la comparsa (¿de Villa del Carril, de Villa Las Rosas, de Chimbas…?). Con su bracito en vaivén donde acompasaba la alegría, conducía sus sueños acrisolados todo el año, de ser un protagonista de aquel gran Carnaval de San Juan. 

Y el desconcierto de mi tía Tita cuando desde un camión cargado con mascaritas, que pasó pegado a la acera, le arrebataron el perfumado pomo de plomo. Me viene en aleteo de colibrí el olor de la albahaca mojada pisada por los camiones y carruajes, y algunas personas que chayaban con harina, como en el norte; las máscaras sueltas, la simpatía de aquel gran boxeador que fue Julio Guerra y su personificación de Cantinflas, el indio con la piel de bronce, que encaraba feroz a los niños de la orilla de la calzada; el gorila, el curda, Carlitos Chaplin; los enormes carruajes que los clubes y municipios de la provincia construían para que su reina se luciera en un trono de luces e ilusiones.

Han pasado muchos años, muchas cosas nos han cambiado, pero me cuesta descubrir qué ocurrió para que, poco a poco, se fuera desdibujando aquella fiesta que nos distinguió ante el país. ¿Quién no anhela que vuelva a la Ciudad con aquella espectacularidad? Que en frescas noches de verano el pueblo se vuelque orgulloso a las calles a presenciar el esfuerzo, la ilusión de todo un año que la gente más humilde de la provincia, juntando moneditas, les brinda para sentirse más sanjuanino que nunca.

Tendría yo unos diez años. Durante mucho tiempo los niños del barrio juntamos chapitas de cerveza para tachonar los trajes de tela de arpillera que hacíamos con bolsas de forrajes para integrar la murga "Los millonarios". Entonces, como un extraño rayo dulce que se me escapa en alguna lágrima, me asaltan el corazón los versos de la zamba Perfume de carnaval: "Ay, perfume de carnaval,/ ya nunca me he de olvidar./ Su piel llevaba el aroma de flor y tierra mojada;/ bellos recuerdos que siempre los guardo dentro del alma".

Tomamos el viejo balde de zinc, lo colmamos de agua y dentro de él un tarrito que había contenido durazno al natural. Ahora a conseguir una bicicleta. Podía ser la del Negro Cano, la vieja Bianchi con frenos de hierro y generoso portabultos que -en una de esas- nos prestaba para recorrer los barrios. Las batallas más grandes se daban en el sitio crucial de la famosa esquina Colorada. Pasar por ahí era aceptar las rudas reglas de juego consistentes en recibir diez baldazos al menos, se tratara de mujer u hombre.

Y a la noche descolgarse de las casas hasta el Centro a emocionarse con el mejor carnaval del país. El corso estallaba en los dominios aledaños a la Plaza Veinticinco. Entre apretujones de gente mojada y papel picado pisoteado, podemos recordarnos en los tablones una tribuna emplazada en la vereda de Dilbas. A lo lejos, como señales de humo que se nos vienen en tropel hasta el alma, retumban tamboriles y platillos caseros de noble lata, que anuncian que el corso se puso en marcha desde el Norte…