Parece una noticia poco importante, pero en América latina -donde las leyes de quiebra son tan draconianas que muchas veces convierten a quienes se declaran en bancarrota en parias económicos y sociales- la reforma de las leyes de quiebra es un paso clave para alentar la innovación y acelerar el desarrollo económico.
A juzgar por lo que aprendí, mientras realizaba la investigación para mi nuevo libro, "¡Crear o morir!”, sobre la necesidad de incentivar la innovación en América latina, muchos potenciales emprendedores e inversores evitan crear empresas porque los castigos al fracaso son demasiado altos. A la cultura de intolerancia social ante el fracaso individual se suma el despiadado castigo legal a quien se declara en quiebra, prohibiéndole iniciar nuevos proyectos durante muchos años.
El estudio del Banco Mundial (BM) y de la Corporación Financiera Internacional, "Haciendo negocios 2015”, contiene datos escalofriantes sobre el tiempo que dura un proceso de bancarrota en América latina. Mientras en algunos de los países más innovadores del mundo -como Estados Unidos, Japón, Alemania, Corea del Sur y Singapur- el promedio que dura una bancarrota es de entre 6 meses y un año y medio, en casi todos los países latinoamericanos lleva entre 3 años y 5,3 años.
En la Argentina, un proceso de bancarrota dura un promedio de 2,8 años; en Costa Rica, 3 años; en Perú, 3,1 años; en Chile, 3,2 años; en Brasil y Venezuela, 4 años, y en Ecuador, 5,3 años. En cambio, en Colombia el promedio es de 1,7 años, y en México y Uruguay, 1,8. Además, los costos legales son mucho más altos que en casi todas partes del mundo.
Rita Ramalho, la principal autora de "Haciendo negocios 2015”, me dijo que los años de procesos judiciales y los altos costos legales no sólo inhiben a los emprendedores para iniciar nuevos negocios, sino también impiden que potenciales inversores financien nuevas empresas. "Es bueno tener un sistema que permita la prueba y el error, porque el proceso de prueba y error es fundamental para la innovación”, dijo.
Casi todas las grandes invenciones tienen una cadena de fracasos previos. Como me dijo sir Richard Branson, el multimillonario fundador de Virgin Records y Virgin Galactic, cuyo prototipo de cohete para turismo espacial se estrelló en el desierto de Mojave el 31 de octubre, "si uno no falla, no puede lograr nada”. Esto no es nada nuevo. A Thomas Alva Edison le llevó más de 1000 intentos fallidos antes de inventar la lamparita eléctrica. Orville y Wilbur Wright, los pioneros de la aviación, se estrellaron 163 veces a poco de despegar antes de concretar exitosamente su primer vuelo tripulado en 1903.
