Conviene reflexionar sobre el grado de cumplimiento o incumplimiento de las líneas trazadas por la UE, sobre todo en relación al progreso social y el nivel de bienestar ciudadano, dentro de un concepto más amplio de libertad, de respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional.

Partiendo de esta integración europeísta, celebramos el 9 de mayo, como el día de Europa, jornada de paz y unidad. Sin embargo, la evocación de esta fecha, desde 1985, a pesar de ser el único momento de conmemoración oficial en la Unión Europea, absurdamente es laborable, mientras otras onomásticas nacionales sí son festivas. A mi juicio, estamos ante la primera contradicción de principios, puesto que si en verdad queremos fomentar el europeísmo hay que darle a la ceremonia la solemnidad de fiesta, con una equiparación igual a otros festejos patrióticos de gran significación para promover la unidad de todos sus ciudadanos.

No desdibujemos que lo que comenzó como una unión meramente económica ha evolucionado hasta convertirse en una organización política singular, preocupada por el Estado de Derecho, y ocupada en temas que van desde el desarrollo hasta el medio ambiente. Ahora llega el momento de avanzar hacia una Europa de la convivencia, que defienda los derechos fundamentales de las personas más vulnerables. Quedarnos en la superficialidad de una unión económica y monetaria sería como desandar el camino recorrido hasta ahora.

Ciertamente tenemos los recursos, la tecnología y la experiencia, y aunque compartimos intereses comunes, los Estados miran más para sus propias instituciones que para trabajar codo con codo con las instituciones europeas. Hay que hacerlas más democráticas y aumentar su transparencia, con más participación ciudadana en el proceso político.

Europa no puede permitirse perder una generación de jóvenes que ni trabaja ni estudia, que ni se forma ni aprende. Sin duda, la clave radica en invertir mucho más en temas innovadores y formativos, de conocimientos e investigación, para defender con una sola voz un espacio donde no tengan cabida las exclusiones. Y, por consiguiente, a mi manera de ver es una buena noticia, que la Comisión haya instado a todos los Estados miembros a que instauren una garantía juvenil. Así se pretende garantizar que todos los jóvenes de hasta 25 años de edad reciban, en un plazo de cuatro meses desde el momento en que dejen la educación formal o se encuentren en desempleo, una buena oferta de empleo, formación permanente o un periodo de prácticas o de aprendizaje.

Las persistentes contradicciones de las instituciones de la Unión Europea han hecho de la realidad un camino sin salida, que hoy exige importantes y transcendentales transformaciones encaminadas, principalmente, en dar respuesta al desempleo y a las consecuencias sociales de la crisis, a través de un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. Tenemos que seguir proyectando nuestros valores e intereses colectivos más allá de nuestras fronteras estatales. De ahí, la importancia de las próximas elecciones europeas 2014, a celebrar a finales de este mes de mayo.