Según un reciente análisis sobre el comportamiento de la juventud mundial -1.200 millones de jóvenes- la propensión a relacionarse y tener amistad, y en cantidad de años, no supera la media de los 15 a los 24, es decir, de casi diez. Es que en el mundo de las relaciones en la mayoría de los casos el vínculo queda trunco por intereses o situaciones que provocan una distancia tal que es difícil de extender a medida que los compromisos personales aumentan y las circunstancias de vida lo determinan.

Se ha comprobado también, que a lo largo de las últimas cuatro décadas tal medición no responde estrictamente a una estadística rígida sino más bien a la durabilidad del contacto que se tiene con la otra persona, ya sea desde su infancia a la adolescencia o desde esta etapa a la juventud, en términos de un período.

Durante años se viene discutiendo si los vínculos de amistad perduraron por experiencias pasadas o si se ampliaron en la actualidad a causa de las innovadoras redes sociales. El resultado parece ser de nuestras preferencias o si es el contexto en el que conocemos a alguien el factor más importante como determinante para el interés común. ¿Sería el mejor amigo una persona que no hubiese él vivido la misma situación por la uno ha pasado? Y si en lugar de haber conocido a un amigo desde la infancia lo hubiese conocido en la juventud, ¿seguiría siendo amigo?

Además, ¿qué sucede con las amistades propias de la relación laboral o la de los amigos que se encuentran en la misma actividad? Si la amistad supone un ejercicio constante que hay que realizar, demás estaría considerar los valores que por ella surgen cuando se es muy amigo y tales no se ven nunca.