Hace algunos años, un notable antropólogo reveló tremendo pesimismo en cuanto a las posibilidades futuras de la familia como institución. Más aún, señaló que a menudo la propia familia es la fuente donde brotan las principales tensiones destructivas que afectan el normal desenvolvimiento de la vida cotidiana en lo social y personal. Lamentablemente esta situación se ha incrementado. Estudios realizados recientemente permiten suponer que si no se encara el problema a fondo y en forma global, la estabilidad familiar podría llegar a derrumbarse como institución social.
Nathan Ackerman, conocido psiquiatra norteamericano sostiene que en muchos casos el verdadero paciente en problemas mentales no es el individuo aislado, sino todo el grupo familiar. No hay dudas que a estas tristísimas conclusiones no se ha llegado porque sí. El origen científico de las mismas avalado en gran parte por una serie de ejemplos, sacuden el ánimo de quienes formamos parte de una generación que se caracteriza por ser espectadora y protagonista de transformaciones en todos los órdenes, sobre todo en el ámbito de la moral y las buenas costumbres. En el largo período de la civilización preindustrial, la agricultura favoreció la difusión de familias numerosas ligadas por vínculos de parentela de distinta índole. Los ancianos dominaban la escena familiar. Se exaltaba el espíritu de sacrificio, el cumplimiento de la palabra y el de la obediencia. En los antiguos álbumes de familia aun asoma el rostro de los abuelos rodeado por sus hijos, nietos, sobrinos etc. Hay quien define a los hombres de hoy "’la multitud solitaria”, cuya vida familiar va debilitándose desde el punto de vista emotivo. La superorganización y la multiplicación de sus comodidades han restado significación a otras ansias y condenado, en cierta medida, a las personas a una existencia privada de calor humano. Los maravillosos descubrimientos de la electrónica y la irrupción del hombre en el espacio exterior, lo han achicado peligrosamente (obviamente en este aspecto). La familia, reducida a un pequeño grupo donde cada uno, después de los primeros años tiende a adquirir una mayor independencia, soporta cada día problemas más complicados. El choque entre generaciones aísla a sus integrantes. Y si en otra época el divorcio o las separaciones eran la solución desesperada para muchos matrimonios, hoy es la vía habitual que se utiliza al primer síntoma de desinteligencia y el medio más rápido para "’rehacer una vida”. La naturalidad con que se suceden y los argumentos que se exponen no significan tal vez otra cosa que la demostración de una falta de conocimiento de lo que es exactamente una institución familiar. La pérdida del sentido de la propia responsabilidad, la tendencia universal hacia una legislación divorcista, la emancipación de la mujer y parte de la juventud de nuestros días que no vivencia el matrimonio como una unión permanente, sino que se aventura en él como un estado transitorio, puede ser algunas de las causas.
Evidentemente hay un cambio en el esquema de la familia tradicional, y en todo cambio entran en juego elementos positivos y negativos. Los primeros son la solidez del verdadero amor, la convicción ética, la enorme y sagrada trascendencia del Sacramento. Entre los negativos, en la negligencia seria y difusa de la educación moral, en la inoperancia de organizaciones oficiales llamadas de educación y no pocas veces reducidas a formas de instrucciones, a la cantidad de horas que se transmiten programas televisivos de muy discutida calidad, los cuales mediocratizan paulatina y sistemáticamente a los observadores, especialmente a los de corta edad.
No es que haya crisis de valores, sino de estructuras que permiten una mayor comunicación entre la familia, pero por apatía, falta de tiempo o ganas, el diálogo que une, no se produce. Es el fenómeno del urbanismo y las tensiones del ritmo del mundo contemporáneo que se ha proyectado sobre la institución familiar. La crisis (en la familia) existe, y en buena parte se debe a que muchos padres eluden responsabilidades. Se desentienden de los hijos. No se cumple la función moralizadora transmitiendo y orientándolos a las reglas básicas de la convivencia. Cada día hablan menos con ellos, y olvidan formarlos mediante una constante comunicación. El diálogo aclara, une, acerca a las personas y hace que sean más comprensibles los problemas que inevitablemente se suceden en la vida diaria de una familia.
(*) Escritor.
